miércoles, 30 de noviembre de 2011

Los fantasmas de Kronstadt


(título en traducción libre, Rusia, 1960?, anónima)
Un famoso historiador moscovita, recién alineado con la política de desestalinización del partido comunista (iniciada por su nuevo secretario general), es enviado a la ciudad prohibida de Kronstadt para investigar los acontecimientos de la tercera revolución rusa. A su llegada, visita los sitios históricos de la sublevación, que había ocurrido en los primeros años del mando Bolchevique, cuando un grupo de feroces marinos, antes fieles al régimen, discuerdan de los rumbos de la Revolución de Octubre y se deciden por la independencia. La película entonces intercala imágenes de archivos; mayoritariamente fotografías en blanco y negro y grabaciones proyectadas por Dimitri Klopov, el historiador. Este utiliza materiales encontrados en el archivo de la base militar, que muestra los combates entre el ejército rojo y los rebeldes en el lago congelado que rodea el fuerte de Kronstadt. Al fondo se escucha la lectura de algunos diarios supuestamente inéditos (jamás habían salido de la isla), mantenidos anteriormente por los combatientes. Lo que sucede en la decena de minutos siguientes es un relato de cómo el inicial entusiasmo y la primera victoria sobre los rojos se convierte a lo largo de los días en una aprehensión ante la espera de un segundo y más poderoso avance, y más tarde se convierte en torrentes de muertes y desespero tras un levantamiento hecho pedazos. Klopov entonces sale en la búsqueda de sobrevivientes civiles con la intención de obtener testigos, hasta que, para su sorpresa, encuentra un hombre que había visto los conflictos con los ojos de la niñez. Después de muchas conversaciones y un primer sentimiento de desconfianza en contra del historiador, el hombre lo lleva secretamente a un sencillo pastizal en el interior de la isla y revela que allá descansan los cuerpos de miles de soldados en una fosa común. Desde ese punto, la película extingue las panorámicas junto con los planos más anchos, y casi todas las tomas pasan a ser gradabas en close-up. El historiador, luego de la visita, sufre de pesadillas agonizantes. En ellas, los marinos muertos retoman la materialidad de sus cuerpos y uno a uno vienen a visitarlo para rememorar los acontecimientos de la batalla. Algunos incluso le piden la exhumación de los cadáveres y lo agreden y amenazan, sumergiendo su cabeza en el agua fría del lago, hasta que se despierta ante el horror. Atormentado por las pesadillas, el historiador empieza a vagar sin rumbo por los alrededores del bosque macabro en busca de pistas que lo lleven a cerrar el mecanismo inconsciente de su imaginación. Durante el invierno, en una de esas caminatas, llega a una porción del mar congelado muy semejante a aquella de sus sueños y decide por fin atravesarla. Al centro, se depara con una pequeña construcción de una torre en ruinas, ahora completamente abandonada, e imagina que debía tratarse de un puesto militar de fiscalización de embarcaciones, tal vez el último antes de la antigua frontera con Finlandia. A medida que camina, se aleja de la ciudad y se adentra al blanco omnipresente del hielo ártico. Distingue entonces la persona de un hombre y cuando se aproxima lo suficiente, reconoce en él la figura del sobreviviente que lo había presentado a la fosa de cadáveres. El hombre le pregunta al historiador que qué hace circulando por el yermo y el moscovita recuenta sus sueños con los muertos. Klopov entonces acepta la idea de acompañar al hombre que insiste en enseñarle otros secretos de la historia del lugar. Caminan por horas, y ya por la noche llegan a una cabaña precariamente construida. Dentro, está un grupo de señores mayores que se presentan como veteranos de la sublevación, ahora exiliados en la frontera. Ellos le explican a Klopov que uno de los principios que sostenían contra los mandatarios del partido era que la revolución tuviera como meta fundamental la resurrección de los vencidos. Ahora que habían sufrido una primera derrota, dedicaban su tiempo a la elaboración de métodos capaces de traer otra vez a la vida a sus compañeros. Klopov les contesta con la historia de las pesadillas y ellos creen que eso es una señal de que finalmente sus esfuerzos están encontrando un terreno fértil. La película termina aquí sin que sepamos si el historiador regresa a la ciudad rusa o prosigue rumbo a Finlandia con los exiliados. Probablemente, esta versión cinematográfica a la que se puede tener acceso hoy en día no fue pensada como la final y se parece más a un primer o segundo corte que todavía recibiría modificaciones. Tampoco hay créditos de la producción y se supone, conforme a lo que los especialistas han indicado, que para los intereses del partido la película no solamente se oponía al culto del segundo comandante sino que también a prácticamente toda historia oficial desde la toma del poder en las primeras décadas del siglo pasado. Por esos motivos, se piensa que habría sido abandonada. Más aún, la única copia existente se encontró en el sótano de la Biblioteca Nacional Húngara luego de la proclamación de la república y ahora la misma es una versión parcialmente restaurada por los especialistas de la Universidad de Budapest que está disponible para exhibición a quien visite los archivos cinematográficos de esa ciudad.
Rodrigo Lopes de Barros

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Bela Tarr y la poética del Letargo


The Turin Horse del gran cineasta húngaro Bela Tarr, vista en Puerto Rico en la cuarta edición del Festival Internacional de Cine de San Juan, es según su propio director el último trabajo que realizará como cineasta. Además de cineasta, Tarr es filósofo- como bien hemos visto en su cine- y dice querer dedicarse de lleno a esta disciplina al ya llegar a donde "quería llegar"como cineasta. Si es así, por un lado lamentamos que esta auténtica joya cinematográfica- ganadora del Oso de Oro en el pasado Festival de Cine de Berlin- sea lo último que veamos de uno de los talentos más originales y únicos del cine de las últimas décadas y, por otro lado, una despedida más que gloriosa, pero- como esa tendencia de los verdaderos artistas a anunciar su despedida para luego incumplir su promesa- esperemos que esto de parte de Tarr sea una falsa alarma.

Son 145 minutos, 30 planos, escasos, muy escasos diálogos y una historia que puede resumirse así: a comienzos del siglo XX en un lejano rincón de la Europa del este un campesino, Ohlsdorfer (Jánoz Derzsi) y su hija (Erika Bok) se refugian de una terrible ventolera en su cabaña campestre. Además del viento, al campesino le es imposible salir porque su caballo se enferma de un mal raro que le impide moverse. En otras palabras, su vida se detiene ya que sin el caballo no puede trabajar. Así pasan una semana. Durante su estancia en la casa, la rutina es la misma: ella busca agua en un pozo y lo viste a él para salir, comen papa hervida, encienden velas para irse a dormir. Este ritmo monótono solo se interrumpe cuando al tercer día un vecino, Bernhard (Mihaly Kormos), llega hasta la cabaña para buscar una botella de Brandy y al cuarto día una cabalgata de gitanos llega a pedir agua fresca del pozo, mientras el caballo lentamente muere en el establo. Al llegar al sexto día y al irse a dormir tienen problemas encendiendo el único quinqué en la vivienda. Y el séptimo día no lo vemos.

En términos de trama esto es lo único que ocurre, sin embargo la maestría de Tarr es tal que nunca se siente como una película aburrida. Mas bien lo contrario, en cada pequeño detalle se encierra un mundo de información y un agudo conocimiento de esa condición humana que es la espera en la incertidumbre.

Bela Tarr conoce como pocos cineasta el poder de la imagen, sabe extraerle toda su profundidad, complejidad y belleza de un modo comparable al mejor Bergman o Tarkovsky- quizás los dos referentes más reconocibles en el cine de Tarr- la primera secuencia es en si una joya por sí misma. Una toma de casi 10 minutos de duración en donde presenciamos la última cabalgata del caballo antes de llegar a la cabaña donde ocurrirá la acción. El viento incesante, el rostro del hombre que no vemos, el caballo que dará su último viaje- aunque eso todavía no lo sabemos- mientras la cámara lo rodea sin cesar y la partitura musical barroca de Mihaly Vig llena la banda sonora. Esa primera toma nos reconforta algo: el cine de Bela Tarr muchas veces desafía cualquier tipo de descripción, hay que experimentarlo.

Aunque Bela Tarr es hoy por hoy uno de los cineastas más admirados y estudiados del mundo, su cine es sin duda alguna un reto para cualquiera que como nosotros, espectadores "occidentales" al fin, esté acostumbrado a un cine con más movimiento, narrativa o sustancia aparente. No me extraña que la reacción de algunos de los espectadores del filme haya sido negativa encontrándolo pretencioso y aburrido. En su cine nada es fácil y la substancia hay que buscarla, no se nos presenta de forma implícita. Es letárgica si, pero su poética reside ahí precisamente. En el cine de Bela Tarr es casi tan o más importante lo que no ocurre que lo que ocurre, y sí, mucho no ocurre en pantalla directamente- o prefiere no mostrarlo. La suya es una "poética del letargo". En Werckmeister Harmonies (2000) incluso nunca llega a mostrarnos de manera clara la "ballena" que traen al remoto pueblo donde ocurre la acción. Pero es precisamente ese evento el que "mueve" toda la acción del filme. En The Turin Horse su cámara va mas allá del naturalismo, la excelente fotografía de Fred Kelemen- en elegante blanco y negro como es usual en el cine de Tarr- es casi documental en la manera en que busca capturar hasta el más mínimo detalle; bien sea el ritual de vestirse, comer papa o la mosca que revolotea incesantemente sobre el único quinqué que los alumbra de noche. La cámara se mueve de manera invisible y parece nunca comentar directamente la acción. Cuando llega el vecino a buscar la botella de brandy, esa escena parece un gran rompimiento en la acción, sin embargo la cámara permanece tan inmóvil como siempre, limitándose a capturar el rostro del hombre que le habla directamente. Lo que produce el rompimiento es, claro está, la palabra. El hecho de que es el momento verbalmente más pesado del filme. La palabra interrumpe de manera incluso violenta el letargo. Ya en la segunda ocasión en que parece que el espectador tendrá alguna válvula de escape al letargo, la hija despacha rápidamente a los gitanos que vienen en búsqueda de agua fresca y que de seguro hubiesen vuelto a irrumpir de manera violenta la "no acción", por otro lado el caballo, el único contacto con el mundo real del campesino permanece inmóvil, enfermo y en su propio letargo.

En el prólogo leemos en pantalla acerca del incidente en que un campesino le pegó incesantemente a su caballo en Turin, Italia, a finales del siglo XIX. Dicho incidente fue presenciado por el filósofo Friederich Nietzche quien quedó traumatizado y pasó la última década de su vida sin decir palabra alguna. ¿Será este el caballo y Ohldolser el campesino cruel? Tarr nunca lo resuelve y en realidad no importa. Tan inmóvil y enfermo está Ohldolser como su viejo caballo.

Son vidas circulares, sin aparente desenlace y ese placer "voyeurístico" que es ser espectador de cine se agudiza, ese detalle, esa circularidad la conocemos nosotros espectadores y Tarr, director, ellos ni se dan cuenta porque la viven, la aceptan. Esa naturaleza voyeurística del cine es algo que quizás por la manera en que algunos hemos hecho del séptimo arte parte tan integral de nuestras vidas no nos detenemos a pensarla muy a menudo. Pero en este filme Tarr me hizo muy consciente de ello. En su crítica en Slant Magazine, Andrew Schenker señala que: "la vida de estos personajes es insignificante pero mientras se devela en pantalla lo es todo, si alguna vez un filme pudo presumir de ser tan profundo en su banalidad ese es The Turin Horse". Totalmente de acuerdo, aquí observar es la clave.

Una película como The Turin Horse nunca llegará a nuestros cines locales, ni probablemente a muchas de las salas de cine del mundo. Fue incluso mi primera experiencia viendo un filme de Tarr en pantalla grande. En cualquier formato que puedan procuren verla. La experiencia del cine de Bela Tarr es una que cualquier espectador amante del gran cine debe de experimentar. Y si al verla es difícil describirla pero fácil sentirla en las entrañas, ha logrado su cometido. No encontramos en su cine grandes respuestas, pero el gran filósofo del cine actual sí nos plantea y rodea de grandes preguntas.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Festival de Cine Internacional de San Juan 2011

Del 5 al 12 de octubre se celebró el Festival de Cine Internacional de San Juan, y gracias a la diligencia de nuestro querido Enrique González y a los organizadores del festival, Chemi y Charlie obtuvieron licencia para cubrir y criticar.

De las que vio Charlie:

La vida de los peces (Matías Bize, Chile 2010) Andrés, quien lleva tiempo viviendo en Alemania regresa a Chile con el pretexto de hacer las paces y darle final al capítulo de su juventud. Toda la acción del filme ocurre en la casa donde se celebra el cumpleaños de uno de sus antiguos compañeros. El viaje del personaje principal a través de sus memorias, es decir, de los amigos a quienes se encuentra en esta fiesta, a quienes no ha visto por una década, resulta tan ameno e intrascendente como hermoso. No obstante, exeunt la ex novia, y todo se va bastante a la mierda. Todos los mejores momentos se vuelven entonces un pretexto para desarrollar la historia de amor imposible: ella, casada y con dos niñas, y él – quien más parece resentir la situación – permanecerá solo, guapo, soltero y viajando todo el mundo. Vaya tragedia.

Osada en su intento de lograr una narrativa que transcurre casi en tiempo real y en una sola locación, esta entrega de Bize deja mucho que desear. El filme tiene momentos muy auténticos, raramente encontrados en un cine que cuenta con los valores de producción y con un diseño de arte y cinematografía respectivamente exquisitos. Pero ya a ¾ de cinta, el filme se va cayendo, al punto de que Bize no puede aguantarse las ganas de realizar otra banda sonora en crescendo que le grita al espectador: ¡ESTO ES IMPORTANTE!

Lo mismo con la “metáfora” que “sugiere” el título… Ver un tanque repleto de peces en primer plano cuchucientas sesenta y dos veces, y encima, encuadrando la cara de cada uno de los personajes que van merodeando la casa como – ¡adivinen! – peces en una pecera, resulta tan redundante como lo que acabo de escribir. De actuaciones y dirección respectivamente loables, a la cinta se la come el guión y la banda sonora. (La kinokamarada Zambrano había ya escrito una reseña mucho más articulada y positiva en esta bitácora, así que para el que esté interesado puede visitarla.)

Circumstance (Maryam Kershavaraz, Iran 2011) Según la promoción, el filme va sobre dos jóvenes iraníes lesbianas enamoradas, quienes –era de esperarse – nadan en contra de la corriente social de su ultraconservador país (representado en el hermano de una de éstas) para salvaguardar su amor a toda costa. El filme, en cambio, trata más bien sobre dos jóvenes (y varios más) que van a contrapelo del tejido social, claro está, pero cuyo lesbianismo más parece en principio responder a un impulso erótico que a uno amoroso. Esto no necesariamente es un problema, salvo por el hecho de que el filme pierde por momentos el derrotero de su propia propuesta.

Cuando Circumstance muestra las peripecias por las que tienen que atravesar las jóvenes para simplemente pasarla “bien”, y a la vez muestra toda la economía subterránea que genera la política de toque de queda al cual están expuestas, sirve las veces de filme contestatario. De hecho, un momento interesante del entramado es cuando varios de los personajes del filme graban el doblaje de la película Milk de Gus Van Sant. Cinta que sería claramente víctima de la censura, dado los valores liberales que pudiese promover. No obstante cuando la representación de la relación entre la pareja de bellísimas jóvenes lesbianas iraníes replica aquella estética de cualquier video musical que quiera emular la fantasía chata de cualquier joven púber, el filme contestatario muere y nace el recalcitrante: aquel que reivindica la idea de que estas dos mujeres juntas son el colmo de la decadencia.

Como narrativa que extrapola la vorágine social al seno familiar Circumstance por momentos resulta interesante. Aunque simula ser un reto al régimen islámico de Iran, salvo por dos o tres particularidades, Circumstance es una historia que muy bien podría darse también en EE.UU. Por eso, como entrega iraní parece el tipo de película que al premio Oscar le gusta pensar como cine extranjero: uno que exhiba una idea muy mercadeable de lo subversivo, pero que, en última instancia, sea un reflejo de hasta dónde puede llegar Hollywood.

Chicogrande (Felipe Cazals, México 2010) Una producción de gran envergadura. De la selección latinoamericana que pude ver en el festival, lo mejor. Chicogrande sitúa a Cazals firmemente en la tradición de los grandes del western, junto con John Ford, Peckinpah, y más recientemente, los Cohen con su True Grit y Andrew Dominik con The Assasination of Jesse James by the Coward Robert Ford. Lamentable que tal filme pase tan por desapercibido. Mucho se debe a que tenga que etiquetársele con un género, cosa que resulta a veces tan bueno como tan malo porque mientras garantiza ciertos fanáticos, ahuyenta a otros.

Un género como el western siempre es considerado, junto al detectivesco, como serie B, tiende a constreñir al espectador a ciertas convenciones. Quedó demostrado cuando en 2005 estrenó Brokeback Mountain cuya equívoca promoción en los medios le puso el sello de película de vaqueros gays. En efecto la película trata sobre unos vaqueros, pero no es un western. De la misma manera podría decirse, Chicogrande es un western porque inevitablemente este será el contexto de cualquier historia que tenga que ver con Pancho Villa.

En fin, un gran filme. Regia fotografía, regio guión, excelente dirección. Seguramente lo que le mereció el premio de la Competencia Caribeña.

Once Upon a Time in Anatolia (Nuri Bilge Ceylan, 2011) Otra película escondida; o varias. No hay mucho que decir sobre la obra de Ceylan salvo que es varias películas amontonadas en una; y no porque se entrecrucen formatos, como en Il Viaggio, pues en este sentido su propuesta es bastante uniforme en estilo. No es uniforme en tono, sin embargo. Para este servidor, la primera parte de la película – es decir, la primera de tres extendidísimas horas que dura –, circunscrita al merodeo insulso e intrascendente de unos policías, un fiscal, un médico y un criminal esposado tras la búsqueda de un cadáver, es la gran película aquí. Lo demás, puro exceso.

Sin embargo, es una de esos filmes cuyo final solapa muchos bemoles que minan tan insufrible obra; de seguro, el final también le salvaguardó el juicio que le mereció el honor cannesiano (Segundo premio del jurado 2011). Y sí, la conclusión, o más bien el plano que le da cierre el filme, alcanza una solemnidad que anteriormente brillaba por su ausencia. Para este servidor, no obstante, la primera película (la primera hora), cundida de diálogos banales y de envestidura absurdista, es el cuento de Anatolia más interesante.