miércoles, 23 de noviembre de 2011

Bela Tarr y la poética del Letargo


The Turin Horse del gran cineasta húngaro Bela Tarr, vista en Puerto Rico en la cuarta edición del Festival Internacional de Cine de San Juan, es según su propio director el último trabajo que realizará como cineasta. Además de cineasta, Tarr es filósofo- como bien hemos visto en su cine- y dice querer dedicarse de lleno a esta disciplina al ya llegar a donde "quería llegar"como cineasta. Si es así, por un lado lamentamos que esta auténtica joya cinematográfica- ganadora del Oso de Oro en el pasado Festival de Cine de Berlin- sea lo último que veamos de uno de los talentos más originales y únicos del cine de las últimas décadas y, por otro lado, una despedida más que gloriosa, pero- como esa tendencia de los verdaderos artistas a anunciar su despedida para luego incumplir su promesa- esperemos que esto de parte de Tarr sea una falsa alarma.

Son 145 minutos, 30 planos, escasos, muy escasos diálogos y una historia que puede resumirse así: a comienzos del siglo XX en un lejano rincón de la Europa del este un campesino, Ohlsdorfer (Jánoz Derzsi) y su hija (Erika Bok) se refugian de una terrible ventolera en su cabaña campestre. Además del viento, al campesino le es imposible salir porque su caballo se enferma de un mal raro que le impide moverse. En otras palabras, su vida se detiene ya que sin el caballo no puede trabajar. Así pasan una semana. Durante su estancia en la casa, la rutina es la misma: ella busca agua en un pozo y lo viste a él para salir, comen papa hervida, encienden velas para irse a dormir. Este ritmo monótono solo se interrumpe cuando al tercer día un vecino, Bernhard (Mihaly Kormos), llega hasta la cabaña para buscar una botella de Brandy y al cuarto día una cabalgata de gitanos llega a pedir agua fresca del pozo, mientras el caballo lentamente muere en el establo. Al llegar al sexto día y al irse a dormir tienen problemas encendiendo el único quinqué en la vivienda. Y el séptimo día no lo vemos.

En términos de trama esto es lo único que ocurre, sin embargo la maestría de Tarr es tal que nunca se siente como una película aburrida. Mas bien lo contrario, en cada pequeño detalle se encierra un mundo de información y un agudo conocimiento de esa condición humana que es la espera en la incertidumbre.

Bela Tarr conoce como pocos cineasta el poder de la imagen, sabe extraerle toda su profundidad, complejidad y belleza de un modo comparable al mejor Bergman o Tarkovsky- quizás los dos referentes más reconocibles en el cine de Tarr- la primera secuencia es en si una joya por sí misma. Una toma de casi 10 minutos de duración en donde presenciamos la última cabalgata del caballo antes de llegar a la cabaña donde ocurrirá la acción. El viento incesante, el rostro del hombre que no vemos, el caballo que dará su último viaje- aunque eso todavía no lo sabemos- mientras la cámara lo rodea sin cesar y la partitura musical barroca de Mihaly Vig llena la banda sonora. Esa primera toma nos reconforta algo: el cine de Bela Tarr muchas veces desafía cualquier tipo de descripción, hay que experimentarlo.

Aunque Bela Tarr es hoy por hoy uno de los cineastas más admirados y estudiados del mundo, su cine es sin duda alguna un reto para cualquiera que como nosotros, espectadores "occidentales" al fin, esté acostumbrado a un cine con más movimiento, narrativa o sustancia aparente. No me extraña que la reacción de algunos de los espectadores del filme haya sido negativa encontrándolo pretencioso y aburrido. En su cine nada es fácil y la substancia hay que buscarla, no se nos presenta de forma implícita. Es letárgica si, pero su poética reside ahí precisamente. En el cine de Bela Tarr es casi tan o más importante lo que no ocurre que lo que ocurre, y sí, mucho no ocurre en pantalla directamente- o prefiere no mostrarlo. La suya es una "poética del letargo". En Werckmeister Harmonies (2000) incluso nunca llega a mostrarnos de manera clara la "ballena" que traen al remoto pueblo donde ocurre la acción. Pero es precisamente ese evento el que "mueve" toda la acción del filme. En The Turin Horse su cámara va mas allá del naturalismo, la excelente fotografía de Fred Kelemen- en elegante blanco y negro como es usual en el cine de Tarr- es casi documental en la manera en que busca capturar hasta el más mínimo detalle; bien sea el ritual de vestirse, comer papa o la mosca que revolotea incesantemente sobre el único quinqué que los alumbra de noche. La cámara se mueve de manera invisible y parece nunca comentar directamente la acción. Cuando llega el vecino a buscar la botella de brandy, esa escena parece un gran rompimiento en la acción, sin embargo la cámara permanece tan inmóvil como siempre, limitándose a capturar el rostro del hombre que le habla directamente. Lo que produce el rompimiento es, claro está, la palabra. El hecho de que es el momento verbalmente más pesado del filme. La palabra interrumpe de manera incluso violenta el letargo. Ya en la segunda ocasión en que parece que el espectador tendrá alguna válvula de escape al letargo, la hija despacha rápidamente a los gitanos que vienen en búsqueda de agua fresca y que de seguro hubiesen vuelto a irrumpir de manera violenta la "no acción", por otro lado el caballo, el único contacto con el mundo real del campesino permanece inmóvil, enfermo y en su propio letargo.

En el prólogo leemos en pantalla acerca del incidente en que un campesino le pegó incesantemente a su caballo en Turin, Italia, a finales del siglo XIX. Dicho incidente fue presenciado por el filósofo Friederich Nietzche quien quedó traumatizado y pasó la última década de su vida sin decir palabra alguna. ¿Será este el caballo y Ohldolser el campesino cruel? Tarr nunca lo resuelve y en realidad no importa. Tan inmóvil y enfermo está Ohldolser como su viejo caballo.

Son vidas circulares, sin aparente desenlace y ese placer "voyeurístico" que es ser espectador de cine se agudiza, ese detalle, esa circularidad la conocemos nosotros espectadores y Tarr, director, ellos ni se dan cuenta porque la viven, la aceptan. Esa naturaleza voyeurística del cine es algo que quizás por la manera en que algunos hemos hecho del séptimo arte parte tan integral de nuestras vidas no nos detenemos a pensarla muy a menudo. Pero en este filme Tarr me hizo muy consciente de ello. En su crítica en Slant Magazine, Andrew Schenker señala que: "la vida de estos personajes es insignificante pero mientras se devela en pantalla lo es todo, si alguna vez un filme pudo presumir de ser tan profundo en su banalidad ese es The Turin Horse". Totalmente de acuerdo, aquí observar es la clave.

Una película como The Turin Horse nunca llegará a nuestros cines locales, ni probablemente a muchas de las salas de cine del mundo. Fue incluso mi primera experiencia viendo un filme de Tarr en pantalla grande. En cualquier formato que puedan procuren verla. La experiencia del cine de Bela Tarr es una que cualquier espectador amante del gran cine debe de experimentar. Y si al verla es difícil describirla pero fácil sentirla en las entrañas, ha logrado su cometido. No encontramos en su cine grandes respuestas, pero el gran filósofo del cine actual sí nos plantea y rodea de grandes preguntas.

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