miércoles, 10 de abril de 2013

La “comedia” entre comillas de The Comedy (2012)


Entonces dijo dios: “Esto está un poco demasiado oscuro”. Y se hizo la luz. Y luego, a su imagen y simulacro, dios creo a un chamaco y a una chamaca. Juntos habrían de pescar y janguear con todos, menos con la serpiente. Eva se puso unas gafas Ray Ban rojas y dijo: “Whatever”.

I.
En el Olimpo de la teoría, o del vivir teóricamente, existe el miedo a la primacía de la ironía, tanto a nivel personal como colectivo. Si todo está sujeto a la ironía, en su sentido más mordaz, entonces todo es insignificante – ¿o todo es un significante? – y la levedad del “ser” ya no resulta tan insoportable. A grandes rasgos, el terror a la ironía como etos, como estilo de vida, radica en su inconsecuencia política y social. ¿Para qué animarse a luchar por X o Y causa si sé de antemano que dicha acción no tendrá un resultado positivo (en todos los sentidos de este último término)?  

II.
En una bitácora publicada el pasado noviembre en el blog del NY Times, titulada “How to Live Without Irony”, Christy Walpole declaró: “If irony is the ethos of our age — and it is — then the hipster is our archetype of ironic living.” Lejos de la ironía socrática que tanto admiró el filósofo Kierkegaard – la cual, según éste, tenía la virtud de forjar la subjetividad de los interlocutores del filósofo griego – y de subsiguientes ejemplos históricos, Walpole retrata un empleo contemporáneo de la ironía que funciona más como mecanismo de defensa:  como una manera de distanciarse y no hablar ni afrontar las cosas directamente.  La indiferencia que emana de estos sentimientos – o de la falta de ellos – parece  ser la piel que habitan los personajes de The Comedy (2012), dirigida por Rick Alverson. Desconozco si la ensayista se nutrió del filme de Alverson. Aunque la cronología sugiere que sí, lo cierto es que las preocupaciones que manifiesta la autora no son quejas nuevas.

III.
Abrazar al etos de la ironía en su forma contemporánea, alerta Walpole, puede conducir al entumecimiento del cuerpo político y a la vacuidad de la psiquis colectiva e individual. El vacío provocado por el nihilismo insalubre al que rinde homenaje el llamado “hipster”, suele, por el lado contrario, crear las condiciones perfectas para que otros miembros sociales menos vacilantes en la cosa ideológica asuman las riendas sobre el mundo que los rodea. En palabras de Walpole: “Fundamentalists are never ironists; dictators are never ironists; people who move things in the political landscape, regardless of the sides they choose, are never ironists.” Así, mientras los “hipsters” se conforman con el culto a lo material y con la inconsecuencia de la vida, asumida desde su connatural trivialidad, existen otros individuos cuya participación en el mundo, lejos de irónica, se postula activa, ejerce poder y no siempre de la mejor manera.

Las (ina-)acciones del anti-antihéroe de The Comedy representan al dedillo el entumecimiento arriba descrito. Swanson (caracterizado con impasible frivolidad por Tim Heidecker), cual rey de los “hipsters”, pasa sus días sin obligaciones, acompañado en ocasiones por un grupúsculo de correligionarios con los cuales ataja el tiempo bebiendo, fumando, ¿filosofando?... En fin, haciendo ruido. Unos a otros, Swanson y compañía, se cabrean, bromean; mas nunca parecen sostener una comunicación real, aun cuando intercambian palabras. Su manera de aprehender el "mundo" y la "gente" que los rodea parece partir de la anticipada futilidad de tal empresa.

Puesto que la perspectiva del filme se predica sobre el cosmos elitista y ensimismado del “hipster”, desde su lebenswelt, no hay cabida para las preocupaciones de estirpe ideológica, que a nada conducen, ni para aquellas esferas de poder que ningún efecto tienen sobre la vida del mismo. A pesar de esto, en más de una ocasión, el filme constatará la presencia ineludible de las minorías en la periferia laboral, como reflejo inverso de otro mundo que corre paralelo y se interseca por momentos con el del “hipster”.   

IV.
Al comienzo del filme vemos al personaje, trago en mano, en lo que parece ser el cuarto amplio de una aun más amplia mansión, intentando entablar una conversación con el enfermero que ofrece cuidado a su moribundo padre, quien yace muerto en vida, postrado en una cama de posiciones. Sin embargo, la apariencia inocua de Swanson comienza a cobrar dimensiones sombrías de manera súbita, cuando el personaje procede a preguntarle al enfermero si sabe en qué consiste un prolapso rectal y, luego, si se ha ensuciado las manos con la mierda de su padre las veces que ha tenido que cambiarlo. El enfermero, por supuesto, se retira del cuarto sin reirle las gracias.

Swanson sabe que interactúa con signos, no con gente– y no le importa, puesto que no hace diferencia. De tal manera, el lenguaje irónico satura todas sus interacciones. Incluso en los momentos que se halla fuera de su núcleo de (des)confianza, Swanson nunca apaga el switch de la ironía. Por consiguiente, será tarea difìcil desenmarañar las verdades o emociones que, de otra manera, pudieran colarse en sus diálogos.    

Walpole identifica que el issue de este acercamiento irónico hacia la vida, redunda en que, en su máxima expresión, no existe un ‘afuera’ de la ironía. Sea real o no la ubicuidad del hipster como lo perfila Walpole, bien identifica la autora que el etos de la ironía es un problema de “primer mundo”, o puesto de manera vulgar, un “white people problem”. No es casualidad que Swanson provenga de una familia pudiente, pues dicho contexto propicia la burbuja social que habita. Además, el exceso de ocio – privilegio sólo de aquellos a quienes les sobra tiempo para perder – parece posibilitar el imperio del aborrecimiento y la indiferencia, lo paraisos artificiales del “hipster” pos-irónico.

Como paliativo a la ironía, la autora propone, entre otras cosas, prestarle una mirada a los infantes, pues ellos no han cruzado aun el umbral del escepticismo que parece venirse con la edad. Y de nuevo, desconozco si Walpole, previo a la redacción de su ensayo, tuvo algún contacto con el filme de Alverson; no obstante, la conclusión de The Comedy ofrece un curioso paralelo con esta última propuesta. 

V.
The Comedy tiene que ser de los anuncios más engañosos que ha parido el cine independiente estadounidense reciente. Este ingenio traicionero lo catapulta, además, la expectativa falsa que suscita el hecho de que el protagonista del filme es el cómico de culto Tim Heidecker, quien junto a Eric Wareheim (también parte del elenco) lleva las riendas del absurdo programa Tim and Eric Awesome Show, Great Job! (2007) y que produjo y realizó el estupidísimo largometraje, Tim and Eric’s Billion Dollar Movie (2011) – del cual no obstante me reí buen rato, aunque nunca lo recomendaría. A esto se le suma la presencia de James Murphy, “frontman” de LCD Soundsystem, sin duda uno de los proyectos musicales más interesantes de la última década. Sin embargo, de todo esto nace un filme que encarna el etos de la ironía con todo su fuero antipático y en su aspecto más terrble, aunque no sin una pizca de redención.

¿Para qué ver algo que resulta tan incómodo? Más allá de detectar un leve masoquismo en el acto, reconozco que no tengo la respuesta. Pero sí me he topado con este panorama antes. Recuerdo haber sufrido el proceso de Husbands (1971) de John Cassavetes mientras la veía por primera vez. Pero luego de terminada, recuerdo pensar que había sido sin duda una de las experiencias cinematográficas más gratificantes que había tenido. Algo de esa sensación reverbera en The Comedy

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