miércoles, 9 de noviembre de 2011

Psicopatía como cautividad decadente en Angst

por Francis Watlington

Título: Angst | Género: Horror | Duración: 76 minutos | Formato de Rodaje: 35mm |Formato de Exhibición: 3
5mm | Director: Gerald Kargl | Distribuidor: No cuenta con uno en la actualidad | Año: 1983


Rara vez nos detenemos a considerar la ubicuidad del miedo en nuestras vidas. Si bien es cierto que lo asumimos a priori como el motor tras nuestras vehemencias más oscuras, tendemos a acogernos a un entendimiento reactivo del mismo, dando por sentado su vertiginoso aspecto inmanente. A la par con esta distinción, fundamentalmente representativa del imaginario teutón, el enigmático Gerald Kargl sospecha la figuración de ese hito de la modernidad que es el asesino en serie, en base al Angst inmutable que registra en el título de su único filme.

Dada la admisión de una perspectiva intimista, que adopta la interioridad del sujeto demencial en toda su sutileza -e inevitable devenir-, no es de extrañar que el alarido ahí contenido cayera en oídos displicentemente sordos, particularmente ante el resurgimiento de la FPO (Freiheitliche Partei Österreichs- partido libertario de ultraderecha en Austria) mediante la coalición de centro-derecha con el partido social-demócrata (SPO) tras su fracaso electoral de 1983 -año de lanzamiento de la película.

La provocación suscitada por la inmersión en un perfil psicológico que, lacerado por el deleite, insinúa cierta aberración libidinal a partir de la desintegración del orden social familiar instituido, nos invita a contemplar el fracaso del sistema de justicia criminal que simula la rehabilitación del indeseable social como hito de un programa político cuyo ejercicio de prestaciones justifique la supervisión de un estado benefactor, con cierta clase de enemigos en común.

En el examen auto-reflexivo que da impulso a la narrativa, el psicópata confía a sí mismo, desde su celda de la prisión, los avatares de su tempestuosa relación con la madre- a quien apuñala, según cuenta en un monólogo- en un gesto innatamente complaciente, que se desborda en la verificación de ese pánico que entiende la ansiedad como voluntad de la moral, privando al narcicista patológico de su goce perverso, incitando al horror en la mirada ajena.

Los dotes cinematográficos de Zbigniew Rybczynski aportan notablemente al retorcimiento de esa mirada, que se desplaza panópticamente por los entornos movedizos de la historia, reproduciendo el arrebato confesional del asesino en planeamientos y locomociones angulares que lo captan como sujeto en pleno desconcierto existencial. Consiguientemente, la libertad se torna en eje central de problematización: una vez el sujeto psicopático es puesto en libertad, sólo le impele la intensa necesidad de volver a cometer el acto comprometedor hasta ser descubierto, entanto quiere ser desenmascarado por esa ciudadanía, cuya suposición de normalidad es subvertida por la asechanza que opera tras la actuación misma del voyeurismo cinemático, a la vez que esa fuga imaginada es propelida por la complicidad glacial y el frenetismo percusivo de la banda sonora compuesta por Klaus Schulze.

La singularidad de la caracterización del personaje protagónico radica en la auto-identificación de su miedo como estado ajeno, pero no obstante, encadenado a sus propios arrojos. Nuestro desconocimiento de las circunstancias que motivaron los hechos nos obliga a hacer acto de presencia ante el recuento de lo sucedido y testimoniar el emplazamiento del trauma en el desencuentro que se da entre el plano visual y el auditivo. Como espectadores, nuestro involucramiento en el enredo de la trama responde a la desarticulación que el juicio moral hace de la memoria del crimen, de tal manera que el narrador permanece enajenado de sus propios instintos homicidas al precisar de su reincidencia para posibilitar una introspección sobre el trance fatal que lo lleva a regresar al lugar, no del crimen, pero sí aquel de su delación, donde fue y continúa siendo sospechado por el escrutinio de miradas que lo hallaron trémulo ante la ponderación del goce.

Esa sensación de malestar permanente queda yuxtapuesta a la simultaneidad narrativa de ambas iteraciones del crimen, en una suerte de reconocimiento de esa pasión enfermiza que, paradójicamente, humaniza al maniaco. En la escena central de la película, el evento homicida es contrastado de manera radical con una toma de primer plano enfocada en el rostro de un perro, cuya impresión frente a los hechos es una de profunda indiferencia e incomprensión; la moral es inextricable de la intuición humana precisamente por comprender un punto de discordia en cuanto a su realización. Un animal no puede juzgar a un asesino, pero ¿de qué le valdría hacerlo? ¿Será que el schadenfreude es un privilegio de gente civilizada?

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Provincialismo, nacionalismo y xenofobia en "A tus espaldas"

por Alejandra Zambrano

Título: A tus espaldas | Género: Comedia-Drama | Duración: 76 minutos | Formato de Rodaje: Red One |Formato de Exhibición: 35mm | Director: Tito Jara | Productor Ejecutivo: Roberto Aguirre Andrade (Ecuador) | Co-productor Ejecutivo: José Humberto Gil (Venezuela) | Productoras: Abre Comunicación / Urbano Films | Actores Principales: Jenny Nava (Colombia), Gabino Torres (Ecuador) | Distribuidor: Escalón Films

En abril se estrenó “A tus espaldas”, ópera prima del ecuatoriano Tito Jara. Durante los meses posteriores a su presentación, circularon entre los críticos locales comentarios tan extremos—desde elogios hasta duras críticas—que decidí no verla, o al menos esperar. Presumí que se trataba de una producción urbana que al abusar de localismos y clichés descuidaría la solidez de la historia. Asumí también que, al no definirse como drama, ni comedia ni suspenso, resultaría en una amalgama sin sentido de todos los géneros.

Este verano, sin embargo, mientras caminaba por las calles de Quito me di cuenta que la productora había puesto en circulación el DVD original por sólo $4,99. Lo compré; por la mitad de lo que habría pagado
en el cine apoyaría los derechos de autor y entendería finalmente las reacciones dispares que provocó una de las producciones que más ha gastado en campaña mediática. No en vano, “A tus espaldas” rompió récord de taquilla en un país cuyo público todavía no está acostumbrado a apoyar el cine nacional. Según sus productores, en un lapso de siete semanas más de cien mil ecuatorianos la vieron en el cine.

“A tus espaldas”, primera producción ecuatoriana grabada en formato Red One, cuenta la vida de Jorge Chicaiza Cisneros, un joven quiteño, quien avergonzado de su humilde realidad mestiza, decide mudarse al norte de la ciudad para así ‘blanquearse’ y ascender socialmente. A los dieciocho años cambia oficialmente de nombre a Jordi La Motta por considerarlo menos 'cholo' aquel el apellido paterno que delata su origen indígena. La historia de Jara parte de la carga simbólica que por mucho tiempo se le ha asignado a la virgen de El Panecillo, escultura montada sobre el cerro que naturalmente divide a la ciudad en dos, la cual bendice al acomodado norte mientras que da la espalda al sur—zona con mayor porcentaje de habitantes de clase media-baja.

Aunque aplaudo la belleza de algunas tomas—como la secuencia aérea de la ciudad una vez planteado el conflicto de Jordi—e incluso las actuaciones de los personajes principales—no todos profesionales—, se debe también adoptar una postura crítica con respecto a lo que representa esta película dentro de la genealogía del cine ecuatoriano. Dejo para los expertos en edición comentar las fallas que muchos han encontrado en el montaje. Tampoco me detendré en comentar los parecidos que tiene la historia con otras películas y telenovelas latinoamericanas, o inclusive la intertextualidad con "El chulla Romero y Flores" (1958)novela del quiteño Jorge Icaza. Lo que me interesa discutir en esta nota es la manera en la que Jara presenta al espectador la tensión entre xenofobia, nacionalismo y provincialismo y la forma en la que Jordi, el personaje principal, lleva de la mano al espectador por los rincones de una ciudad contraditoria que muchos quiteños aún no logramos descifrar.

Al parecer ocurrió con la película de Jara lo que ha ocurrido con algunas de las producciones ecuatorianas estrenadas en los últimos años. Debido al reciente (y creciente) acceso a fondos públicos para producción y post-producción, muchos de los guiones escritos hace varios años pueden finalmente estrenarse. De ahí que historias como “Prometeo Deportado” (2009) y “A tus espaldas” (2011) suenen gastadas a la hora de proyectarse en las salas nacionales. En la primera, dirigida por Fernando Mieles, el tema de la migración resulta casi anacrónico. La salida del país de miles de ecuatorianos hacia España tuvo su apogeo en la década pasada. Hoy en día, con la crisis laboral en el país europeo y los planes de asistencia promovidos por el gobierno ecuatoriano, se habla menos de la emigración que del retorno del migrante.

En la película de Jara, por sugerir otro ejemplo de extemporaneidad, se alude a uno de los mayores casos de estafa masiva en Ecuador. Aunque este evento haya sucedido en el 2005 y seis años no sean suficientes para olvidar el caso del Notario Cabrera, la trama pierde la frescura que pretende proyectar al venderse como retrato del quiteño actual. Recalco lo de quiteño porque pese a la insistencia del director sobre el carácter nacional de la película, "A tus espaldas" peca de provinciana. Por más que los encargados del diseño de arte hayan cuidadosamente elegido la gama del amarillo para ensalzar el 'producto nacional' (a lo largo de la historia es como si los personajes vistieran los colores de la camiseta de la selección de fútbol, mejor conocida como 'la piel'), "A tus espaldas" continúa excluyendo a la gran mayoría de ecuatorianos que no se sienten necesariamente identificados con la realidad del 'cholo urbano'. Tanto el productor como el director hacen hincapié en el hecho de ser una película de ecuatorianos, por ecuatorianos y para ecuatorianos cuya meta es llegar al público local y a los migrantes. Aunque no estoy en contra del cine de corte nacionalista, concuerdo con algunos críticos cuando aseveran que “A tus espaldas” si bien no es un retroceso tampoco es un avance en nuestro cine. Sería avance, por ejemplo, si la producción hubiera prestado más atención a la pésima traducción al inglés de sus materiales promocionales.

La campaña mediática pretende vender como nacional una realidad circunscrita a una zona de la capital sin darse cuenta que, a su vez, perpetúa el estereotipo de la colombiana exótica. Debido a los flujos migratorios de los últimos años, la figura de la colombiana ha reemplazado a la costeña local. Como en el resto de América Latina, la costeña y/o la mulata han sido objetivizadas y representadas artísticamente con una sobrecargada sexualidad. En la película de Jara se explora la posibilidad de una relación amorosa entre Jordi y Greta, prostituta de ejecutivos que llegó al Ecuador porque "las colombianas tenemos mucha acogida y nos pagan en dólares ". No obstante, el final de la historia parece sugerir que no hay cabida para la extranjera en la xenófoba y clasista ciudad. Me gustaría saber cuál fue la acogida de la película en el resto del país, cuáles las reacciones de la comunidad colombiana y la del mismo sur cuyos "bichos raros", a decir por Jordi, seguirán siendo cholos aunque tengan centros comerciales.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Pitahaya II: Semizahe… una obra, por lo pronto, inacabada.



               Pitahaya
Carta abierta al colectivo 8===>;

     Cuenta Victor Erice en varias entrevistas (algunas disponibles en youtube.com) que su largometraje El sur, considerada por muchos una obra maestra del cine, es una obra “inacabada”. Sucedió que durante la filmación el productor Elías Querejeta, quien diez años antes había sido también el productor de El espíritu de la colmena, “interrumpió el rodaje cuatro semanas antes de lo previsto, cuando sólo se habían rodado 170 páginas de las 395 originales. ‘Yo sostengo", explicó (Querejeta), ‘que dentro de ese guión había en realidad dos películas distintas, y que la que ahora existe es una obra coherente y acabada’”. (http://www.elpais.com/articulo/espectaculos/Sur/segundo/largometraje/Victor/Erice/elpepiesp/20040603elpepiesp_7/Tes
     Para la mayoría de los habitantes de ese universo cultural llamado Cinefilia, tildar a Querejeta de villano resulta tarea demasiado fácil; máxime cuando se trata de una anécdota como la ya mencionada. Hasta cierto punto, nos aferramos a la idea romántica del “artista” y su “visión” por encima de todo: el arte vs lo corporativo (lo comercial, etc.); sustancia (en su acepción menos filosófica) vs superficial (lo ligero, fácilmente procesado); highbrow vs lowbrow; y finalmente, de las peores disyuntivas para todo aquel que conserve por lo menos una pizca de conciencia social, ¿cómo reconciliar el cine, en su aseveración más artística, con el cine de masa? Penosa y controversial categoría ésta, pero no menos real por poco que se postule, pero bueno… (Una salvedad: en la secuencia de disyuntivas he escogido categorías lo suficientemente indefinidas y laxas como para no enfrascarme por lo pronto en dimes y diretes teóricos, pues de esto no va el escrito.)
Por estas razones, y algunas otras, es fácil ver en este cuento al productor Querejeta como el enemigo. Sin embargo, en esta ocasión, aunque con otro fin y para con otro proyecto, mucho más cercano a mí, creo que tomaré el lugar del productor.
      Por la presente misiva convido al colectivo 8===>; a que fokin termine su película.
Sinceramente,
Charlie

Pitahaya
     Hace ya poco menos de un lustro, tres jóvenes “artistas” (epíteto con el cual probablemente nunca se calificarían) puertorriqueños, agrupados bajo el colectivo 8===>, realizaron un proyecto fílmico titulado Pitahaya. De ánimos banksyanos, este grupo lo componen principalmente tres seudónimos: ZS, exhiphopero y factótum polifacético, cuyo nombre surge seguramente en reversa referencia al libro de Roland Barthes; Rosso Profundo, alias Profundo Carmesí, chamán callejero dedicado al exhibicionismo visceral en la tablas, y cuyos nombres aluden a los homónimos largometrajes de Argento y Ripstein, respectivamente – aunque no me queda muy claro por qué en ocasiones prefiere uno al otro –; y finalmente, Don Prepussyo, éste último, cineasta conceptual que se hace pasar por cachetero. Si son realmente sólo tres integrantes o no, poco importa. Lo que importa es la brecha que abrió ese primer experimento fílmico, cuyo título, casi como Springfield en EEUU, alude a tantos lugares en Puerto Rico como a ninguno en específico.

     El cortometraje Pitahaya, una suerte de jarabe cinemático que conjuga la gramática de Kenneth Anger con la ‘mística’ de Jodorowsky, nos presenta a tres individuos en una playa desértica tramando lo que parece ser un complot en contra de uno de ellos mismos.
Anger

     Bueno, aquí ya cometí el primer error. Limitar el filme a un solo entramado narrativo es hablar solamente de una de tres o más posibilidades de lectura que ofrece. La clave está en que el filme tiene tres bandas sonoras diferentes, cada una compuesta o compilada por un miembro del colectivo 8===>. Cada una de estas bandas sonoras resignifica la interacción de los personajes, aún cuando, en esencia, la acción siga siendo la misma: un personaje llega y mira al otro a manera de cómplice... Bueno, la secuencia de acciones no se conforman a ninguna lógica en particular. Una vez más, de lo que se trata es de la historia que dicta cada banda sonora posible. 

     Someramente, y si la memoria no me falla – pues que yo sepa Pitahaya solamente se presentó en dos ocasiones –, puedo decir que la propuesta de SZ era más cercana a la película de suspenso convencional; algo así como una dramatización caribeña del asesinato de Julio Cesar. De otro lado, Rosso Profundo (pues en esta ocasión quería acuñar más la estampa de Argento que la de Ripstein), siguiendo el género italiano giallo, construye sonoramente una historia que se acerca más a la senda de un film noir, si se me permite, psicohomosexual. Mientras, Don Prepussyo…mejor ni hablar… Digamos que durante la segunda presentación, realizada en un techo santurcino, gracias a la esquizofrénica compilación de Don Prepussyo, un espectador sufrió un ataque tónico-clónico en plena actividad. Por poco llueven las demandas. De hecho, la notoriedad de esta segunda presentación, en la cual al final se tocaron, además, las tres bandas sonoras simultáneamente utilizando seis bocinas ubicadas en diferentes áreas del techo del edificio, fue causa del consecuente anonimato que habita del cual en el presente goza/sufre el colectivo 8===>. 
Pitahaya II: Semizahe 
     Hace cuatro meses me tropiezo con que el colectivo todavía existe, y todo por pura casualidad. Visito a un amigo – cuya identidad protegeré denominándole con la letra ‘Q’ – quien al momento se encontraba editando un documental sobre la industria lechera en Puerto Rico y quería mi opinión al respecto. Creo que lo más que alcancé a decirle fue que estaba de lo más ameno, por no decirle que era un perezoso cruce entre Food, Inc. y Farenheit 911. Pero no fue hasta que, de soslayo, me percaté de la frase “Pitahaya II: Semizahe”, escrita con sharpie en una libreta que estaba al flanco derecho del monitor donde Q editaba, cuando finalmente entendí lo que estaba a punto de presenciar. Aunque no suelo ser supersticioso, decidí que mi reacción sería la mínima como para no romper este hechizo y no revelarle a Q que mis ansias por abrir aquella libreta sobrepasaban infinitamente las de ver otro maldito close-up de tetas de vaca, cosa que a él lo mondaba de la risa. 

     Haciéndome el desentendido le pregunté sobre la libreta. Q me contó que se trataba de un trabajo de edición que le encargaron unos “tipos más raros ahí que llevan como tres años filmando un proyecto ahí, y yo ni me di cuenta pero uno de ellos se bebió toda la cerveza que tenía en la nevera”. El filme, según relataba, “está programado para exceder las dos horas y cuarto”. Mientras Q trataba despachar en varios minutos la trama de Pitahaya II, yo trataba de buscarle sentido a tal frase. ¿Qué representaba “II”?: ¿un dos romano?; ¿dos torres?; ¿un once (y por ende, dos torres)?; ¿dos líneas paralelas y ya?; ¿nada?... Afortunadamente Q tuvo que usar el baño en un momento dado y en un santiamén pude coger su celular, tomarle foto a los petroglifos sueltos que habían en las primeras tres páginas de la libreta y enviármelas a mi correo electrónico.
     No soy supersticioso, pero no he sabido nada de Q desde aquel momento. No obstante, aquí parafraseo lo que pude captar de las notas: 
 
-Amalgama de historias para ser proyectadas simultáneamente en tres pantallas, a lo Abel Gance.
-La primera (pantalla de la extrema izquierda) es un prólogo: El solitario habitante de Pitahaya Sur y cantante de blues, Memphis Tom Phyllis, le pide a su hija, la bella Semizahe, la única que parece acompañarlo en sus últimos días, que permanezca en el Sur, que cuando él muera no suba a la tierra.
-“Allá arriba la gente ya no saben distinguir entre el bien y el mal”, le dice el viejo. Semizahe, mientras tanto, deja la mirada perdida en el horizonte como si añorara algo más. Se apaga primera pantalla.
-La segunda, (pantalla del centro) un grumete, mirada perdida en el horizonte, luego de recibir un duro golpe en la cabeza, cae inconsciente hacia la corriente del río donde navegaba.
-Lo que sigue son planos fijos de diferentes lugares por donde pasa flotando el cuerpo; acompañados éstos de una voz en off que comenta las vivencias del marinero con las que siempre soñó tener. Se apaga segunda pantalla.
-El marinero (voz en off) pronuncia varias veces el nombre “Semizahe”.
-La tercera (pantalla de la extrema derecha): noche de perros, calientes,… 
(Luego se muestran tres imágenes impresas. ¿De referencia?)