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miércoles, 25 de junio de 2014

Díptico Jodorowsky

Alejandro Jodorowsky no hacía una película desde el 1990 (la difícil de conseguir The Rainbow Thief), pero esto en ninguna medida significa que el hombre ha estado en hiato. Un campeón de la creación artística, Jodorowsky ha publicado libros de todo tipo: novelas, fábulas, memorias, terapia psicomágica, descripciones del tarot, comics e incontables blog posts y tweets. Su producción es tan vasta que dudo haya alguien al día con todo.

Sin embargo se le extrañaba en el cine, sí. Fando y Lis (1968), El topo (1970), La montaña sagrada (1973) y Santa Sangre (1989) son joyas de culto, referencias indispensables del surrealismo latinoamericano. Cuando en el 2013 se dio a conocer su regreso al cine con el documental Jodowrosky’s Dune y su épica autobiográfica La danza de la realidad, la celebración fue notable, sobretodo por que ambas consiguieron distribución. El 2014 lo ha traído de nuevo a las salas pero debemos sacar las pinzas.
La más interesante de las dos es Jodorowsky’s Dune, el documental dirigido por Frank Pavich sobre la malograda adaptación al cine de la novela de Frank Herbert. Además del excéntrico Jodorowsky (todavía encantador con su inglés al garete), lo que resalta de esta historia de cine fallido es, probablemente, los implicados en el diseño de aquella mítica producción. De hecho, la inclusión paulatina de cada miembro de su equipo (en la tradición narrativa de Ocean’s Eleven), es lo que estructura y da momentum al documental de Pavich; una intriga meta-cinematográfica.

Luego del reconocimiento internacional de La montaña sagrada, el productor francés Michel Seydoux le da vía libre a Jodo para realizar la película que quiera y el chileno escoge el complejo clásico de ciencia ficción Dune. Su intensión era crear por medio del filme el equivalente a un viaje de LSD que abriera la conciencia de la audiencia; una peli sin precedentes. Para crear el universo interplanetario de Dune reclutó al dibujante Jean “Moebius” Giraud (quién se quedo colaborando con Jodorowsky hasta su muerte), H.R. Giger y Dan O’Bannon, un dream team indiscutible. Los diseños creados por estos tres maestros aún sobreviven en el libraco de pre producción que compaginaron y que se paseo por los estudios sin éxito. La película nos da la oportunidad de verlos y maravillarnos de la inventiva y visión adelantada de estos creadores. Para tormento de Jodorowsky, los magistrales diseños fueron “robados” o “re-interpretados” por muchísimas películas de los 70’s y 80’s, incluidas las sagas de Star Wars y Alien.
El elenco tentativo también tenía su encanto siendo los más destacados Orson Welles como un tirano espacial y Salvador Dalí como el Emperador del Universo. Reticentes al principio, a ambos los convenció por medio de trucos ingeniosos que le dan chispa cómica a la narración. Por último, y para que nos demos de cabeza con las posibilidades perdidas, Pink Floyd iba a componer la música.

Estoy seguro que miles de películas al año no pasan de la etapa de pre-producción y que vistas desde los ojos de sus realizadores casi todas tienen una potencialidad creativa que merita contarse (la obra frustrada de Terry Gillian, por ejemplo). Evidente fan de Jodo, Pavich hace un alegato de injusticia y se lamenta con su héroe de la terrible suerte que sufrió el filme. Aunque el entusiasmo de Jodorowsky es contagioso, el documental busca redimirlo como genio a toda costa con los testimonios de dos o tres apóstoles y proclamarlo padre del cine de ciencia ficción contemporáneo, sin adentrarse demasiado en las razones (gastos desmesurados, un director caótico, ¿hispano-fobia?, el alto contenido de violencia, sexualidad y “new age”), por las cuales un proyecto de este tipo no pudo ser logrado en el Hollywood de la época. Al menos Pavich le da su momento de vendernos el proyecto con un entretenido documental que lo pone de protagonista indiscutible y nos hace suspirar por lo que pudo ser.
Gracias a Jodorowsky’s Dune, el mencionado productor Seydoux se reunió por primera vez con Jodo desde aquellos crueles 70’s, resolvieron su enemistad silenciosa y se decidieron por colaborar de nuevo. Esta vez la película se realizó. Se trata de La danza de la realidad, filme de auto-ficción surrealista que narra tanto la sufrida niñez de Alejandro en el pueblo de Tocopilla, Chile, como la ardua transformación de Jaime, su padre, de tirano abusivo a hombre en paz con sus demonios.

Todos los ingredientes de su obra y obsesiones coinciden en el filme: los aforismos, los actos de psicomagia, el mundo grotesco del circo, la presencia de enanos, mutilados, prostitutas, travestis, proscritos, militares, revolucionarios, burgueses emperifollados, sexualidad violenta, desnudos, iconografía religiosa, tarot, procesiones y los animales realengos por doquier. Incluso tenemos a un Jodorowsky de 82 años que se sobre-impone en pantalla, enuncia quotes y toca de maneras extrañas a su “yo” niño. Se nota cierto deseo de que esta fuera su película “total”, sin embargo, mucho falla. El valor de shock se ha perdido. Lo que en los 60’s y 70’s resultó innovador ahora se siente anquilosado, repetitivo e indulgente. La narrativa da bandazos por todos lados sin decidirse nunca a tomarse la pausa para indagar. El director chileno siempre ha sido caprichoso y tangencial al construir sus historias, cierto, pero acá estos caprichos resultan en unas representaciones planas llenas de clichés (sobretodo y lamentablemente, al momento de retratar el quehacer revolucionario de la época); los episodios no cuajan o se dejan crudos, sin profundidad. Quiere abarcar tanto que termina desarrollando muy poco de los innumerables cuentos presentes.

Aunque la película ha sido comparada a la clásica Amarcord (1974) en su crónica de pueblo pequeño, las intenciones son diferentes. Federico Fellini realizó una película coral y ambiental, el pueblo entero es protagonista, hay un tránsito por las vidas de muchos, ese es su logro. Jodorowsky en vez se dedica a reiterar, al parecer uno por uno, los eventos de su niñez jodia. Tanto su padre, un machista stalinista, como el pueblo de Tocopilla se presentan como verdugos. La victimización del niño es rotunda. No quiero decir con esto que sus vivencias infantiles no hayan sido efectivamente dolorosas y traumáticas, sino que la representación de las mismas rayan en la sobreactuación. El valor terapéutico de la obra esta claro y es esencial para entender la propuesta del director, pero los gritos incesantes, el llanto histérico, el eterno canto operático de la madre, los temblequeos y miraditas de terror del niño, dejan las actuaciones en un registro exagerado sin variaciones de tono. Para los espectadores que no hablan español quizás esto no sea tan notable o problemático, de la misma manera en que no sabría como catalogar una actuación en japonés con sus característicos exabruptos por dar un ejemplo.
La segunda mitad dedicada a la travesía revolucionaria de Jaime y su transformación espiritual es la más lograda de la película. Los matices de esa “realidad” son más amplios y los episodios están más o menos concluidos. Brontis Jodorowsky haciendo de su abuelo es una presencia fuerte en esta parte y aunque errático dentro de la totalidad, logra sostener como actor la propuesta regada de su padre/director.

Hay que mencionar que en los lugares en los que se ha presentado, La danza de la realidad ha sido recibida con reseñas y críticas mayormente positivas. Algunas destacan las fallas que menciono en este escrito pero igual la consideran una película genial por su capacidad de revisar y hacer las paces con el pasado mediante estrategias imaginativas y fantasías poéticas. En este último aspecto coincido, eso nadie se lo puede quitar al maestro Jodorowsky.





miércoles, 15 de mayo de 2013

Tres películas del XIV Havana Film Festival, New York


Cuando me acerqué al cine Quad en el Village, sede principal del Havana Film Festival, New York, (festival que ya va por su XIV edición), me encontré con una oferta rica de películas latinoamericanas actuales, cosa paradójicamente difícil de encontrar en una ciudad llena de hispanohablantes. Salvo por Almodóvar, las distribuidoras no están interesadas para nada en el cine hecho en español. Oportunidades como esta no se pueden desperdiciar.

El Havana Fest ofrece constantes conversatorios- en casi todas las tandas-con directores, actores y productores; screenings en varios venues; fiestas y una audiencia entusiasta con el oasis cinéfilo.

De la amplia selección logré ver cinco películas. Pero para este escrito he decidido hablar de las tres que más me impactaron:


Un mundo secreto

México, 2012. Escrita y dirigida por Gabriel Mariño


Este filme pertenece a la onda lacónica del reciente cine latinoamericano que ha extirpado el diálogo al mínimo, preocupándose más por retratar instantes cotidianos de personajes con mundos internos difíciles. La película es tanto una excursión a los espirales psicológicos de María, la solitaria protagonista adolescente, como una excursión/road movie al norte, desde Ciudad México hasta Baja California.

Utilizando paradigmas del movimiento romántico del siglo XIX, el paisaje es un espejo del alma del personaje. No es casualidad que el camino que nos propone comience por la congestionada urbe, pase por varios pueblitos desmoronados, el desolado desierto y termine en la refrescante costa. Así mismo es el viaje de auto descubrimiento de la jovencita: una chica apática pero de imaginación desbordada que decide escaparse de casa.

A pesar de su timidez e incapacidad de establecer relaciones significativas, María es un imán, la mayor parte de las veces sexual, para los que la rodean. Aunque quizás tenga las hormonas calientes, el sexo para ella lejos de crear lazos de intimidad es una actividad tanto compulsiva como tediosa.

Ya que para María, chica de clase media, el viaje al norte es un viaje de redención interna, Mariño aprovecha para comentar sobre otros viajeros que realizan la misma travesía por motivos económicos. Sus efímeros compañeros de viaje, sobretodo el indígena Juan, le muestran un trato más humano, amoroso y solidario del que ella conoce aunque no menos desesperado.

Con la información mínima que nos da la película es difícil establecer una genealogía de sus conflictos psico-sexuales. Mariño no busca adentrarse en ello, sino utilizar una estructura psíquica que acentúe la poesía de la imagen. El fuerte de la narrativa es su fotografía y unas actuaciones comedidas. En muchas escenas cobra más significación lo que se omite en el encuadre o la duración de este. El escogido visual es delicado y cuidado y es desde esta técnica que logra sus mayores efectos.

Sibila
Chile/España, 2012. Dirigida por Teresa Arredondo


El filme de Teresa Arredondo funciona como un enlace entre el documental político y el cine auto-confesional en donde el investigador es tan importante como el sujeto de su investigación. Aunque el foco del documental parecería ser Sibila Arredondo, viuda del escritor José María Arguelles, es Teresa en calidad de sobrina de Sibila la que mueve el filme. “Yo tenía 7 años y el silencio protector de mis padres ayudó a que su figura se convirtiera en un gran misterio en mi vida.” (Sinopsis de la cineasta)

Sibila fue encarcelada durante 15 años bajo alegaciones de terrorismo por su implicación con el grupo Sendero Luminoso de Perú. En gran medida Arredondo limita su campo de observación al círculo familiar. El motor de la investigación es un deseo psicoanalítico de explorar el trauma encarnado en la figura de Sibila, y adquirir en el presente una consciencia de sí misma, de su familia e incluso de la historia revolucionaria radical de Perú.

Las entrevistas a distintos miembros de la familia son intensas y cargadas de emociones fuertes y conflictivas. Se nota que es un tema tabú para todos los miembros. Su familia pertenece a la izquierda intelectual y las conversaciones son muy lúcidas en cuanto a explicar procesos históricos e ideologías complejas. El tranque para todos sucede a nivel emocional. La inflexión radical de Sibila es una herida abierta todavía.

El punto climático del documental es la entrevista con Sibila quien ahora reside en Francia. El documental logra humanizar a esta mujer demonizada por el gobierno y la prensa peruana. Los momentos cotidianos entre tía y sobrina son muy hermosos y hasta cómicos.

Hacia el final ocurre un duelo político entre ambas. Teresa sale mal parada ya que lamentablemente no esta a la altura de la discusión y recurre a lugares comunes y retóricas simplonas acerca del terrorismo. Sibila le debate los planteamientos fácilmente. Peor aún, se le ve las costuras y nos percatamos que esta buscando apologías oficiales de la mujer (por los actos de Sendero Luminoso) en vez de intentar comprender o simplemente escuchar sus planteamientos.

Al menos con honestidad el documental afirma el impasse y la incapacidad de Arredondo de dilucidar los muchos tonos grises en el espectro político que se discute. Incluso quizás sin quererlo muestra lo insignificante del trauma familiar frente a la magnitud de los hechos históricos. Este es un logro que redime unos últimos minutos muy mal llevados.

Paisajes devorados
Argentina, 2012. Escrita y dirigida por Eliseo Subiela

Esta película del reconocido Eliseo Subiela, director argentino de Un hombre mirando al sureste (1986) o del díptico El lado oscuro del corazón (1992/2001) utiliza dos premisas principales. La primera tiene que ver con los dilemas meta-cinematográficos de construir un documental y la segunda con el retrato de un genio loco en un asilo siquiátrico.

Unos estudiantes de cine se instalan en un hospital mental para entrevistar a Remoro Barroso un viejo director de los cincuenta y tempranos sesentas que terminó fulminado mentalmente por su excesiva creatividad como cineasta, o quizás por matar a una de sus actrices. Nadie sabe en realidad. No hay archivos, copias de películas, ni datos en los periódicos o el Internet.

Las fronteras en la cabeza de Remoro entre memoria, realidad y fantasía son frágiles y de poco fiar aunque no por esto deja de ser un señor carismático con muchas lecciones de vida y de cine que enseñarle a los jóvenes estudiantes. En un principio el pasado borroso resulta problemático para poder montar un documental basado en hechos que se puedan corroborar pero los chicos abandonan rápidamente esta intención y se deciden por hacer un perfil de la persona que tienen al frente, sea quien sea.

El antiguo director cual Antonin Artaud, el loco surrealista, les abre las puertas a la creatividad intuitiva y a un estudio poético del medio fílmico. Ellos a su vez le despiertan el lumen a Rómulo y este empieza a grabar escenas extrañísimas en la vena de Alejandro Jodorowsky.

Así se mueve la película como una celebración a la creación cinematográfica y a la vida poética. La locura es un catalizador para todos aunque también tiene unas consecuencias terribles de aislamiento e incomprensión.

Aunque los estudiantes documentalistas y su meta proyecto le brindan la estructura al filme, es Remoro (interpretado por el tótem del cine argentino, Fernando Birri), el gran centro de atención. La película es un vehículo para la actuación de Birri y la escritura filosófico-poética de Subiela.

El director quien estuvo en la sala para contestar preguntas mencionó que este filme pequeño se financió con sólo 60 mil dólares, se filmó en tres semanas y fue trabajado con un equipo de estudiantes de la escuela de cine que dirige en la Argentina. Efectivamente la idea era una colaboración-homenaje a Birri y una manera de condensar muchas de las ideas de ambos sobre el cine y la pedagogía.

Un aspecto de la conversación con Subiela me parece muy pertinente para concebir el estado del cine latinoamericano actual. El presupuesto de una sola película de cine independiente en Estados Unidos, unos cuantos millones, es el equivalente a la producción entera de un año en cualquiera de nuestros países. Directores consagrados como Subiela se pasan años tocando puertas para lograr la financiación de un solo proyecto. Luego de terminado requieren del circuito de festivales para el acceso a una audiencia. Muy pocas logran la distribución deseada y se quedan en unas cuantas proyecciones.

No me parece raro que luego de años largos en esta situación se empiece a pensar en la locura y el absurdo de hacer cine. Hace todo el sentido del mundo.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Un héroe sencillo: La vida útil





De cuando en cuando, surcan el cielo cinematográfico pequeñas grandes joyas llegadas desde el Uruguay: Obras como 25 watts, Whisky y Gigante (la mayoría del clan Epstein – Stoll). Llegan del sur para construirnos una imagen melancólica y sencilla de este país. La vida útil, de Federico Veiroj, nos regala otra imagen de lo que puede ser el uruguayo, a partir de una historia sencilla y desnuda, muy próxima a todos los amantes del cine.
La vida útil nos cuenta la historia de Jorge, un programado y proyeccionista de la cinemateca uruguaya, cuya vida no ha sido otra que la de trabajar allí durante 25 años. Este es un ser solitario, un tanto outsider, un auténtico cinéfilo que vive con sus padres y cuya gran aspiración es sacarle alguna platica a Paola, una profesora de derecho, muy asidua de sus proyecciones. Día a día Jorge tiene que enfrentarse con el deterioro de la cinemateca. El cierre cada vez parece más inminente. Esta no es una empresa auto sostenible, como cualquiera dedicada a la cultura. Jorge junto a Martínez, el director de la cinemateca, hacen un último intento por salvarla, pero es inútil: la fundación que aportaba la mayor parte del dinero con el que funcionaban, ha retirado su participación. Debido a esto, Jorge ve su vida cambiar radicalmente. Esta estaba centrada en la cinemateca, las películas, proyectar, recoger los tickets, ser locutor de un programa de radio dedicado al cine. Pero ahora le han quitado esto. Esta es su caída. Durante ella surge la pregunta: ¿Qué hago con mi vida? A partir de aquí Jorge deambula sin rumbo, sin sentido. 


Básicamente, esta es la historia. Se hace claro hacia donde apunta el título de la obra. En un comienzo, la vida de Jorge tiene un propósito, vive para trabajar y trabaja para vivir en la cinemateca. Está sumergido en esta agradable monotonía, que es alterada, sazonada solamente por la breve presencia de Paola en la cinemateca. Todo era estabilidad hasta el cierre de la cinemateca. Es así como Jorge se hunde en la inutilidad, en el despropósito total de su existencia. Aquí desvaría, zigzaguea como si fuera un personaje loco de Buñuel. Y la banda sonora cambia radicalmente. Escuchamos melodías viejas, similares a las de los grandes melodramas de los años cuarenta y cincuenta, llenas de desesperación y gravedad; porque es así su drama. Necesita encontrar una utilidad, un motivo para su existencia, y comienza a buscarlo. Todo esto es un acto sencillo de heroicidad: se convierte en el personaje de su propia película. Recibe un impulso romántico, típico de las películas. Esto le dará un sentido a Jorge, un norte. Busca entonces a Paola y para llegar a ella tiene que vencer al villano, a sus propios miedos. Y vive cada uno de estos momentos como si fuera la película de su vida. Por eso resulta tan acertada la selección del formato del frame: 4:3. (Veiroj se junta a cineastas como Reygadas y Sokurov en la utilización de formatos antiguos, pero en este caso hay un giro nostálgico cuyo eje es sobre todo de contenido, porque se alimenta de la concepción del personaje de Jorge.) Esta decisión estética nace del mismo protagonista de la historia. Hace que los espectadores estemos viendo la película como el mismo Jorge vería la película de su vida, y como él mismo la escucharía. En este mismo sentido no podemos pasar por alto la utilización del celuloide, para colmo en blanco y negro, en estos tiempos digitales.  Su textura, los grises suaves, el grano, catapultan la historia a otro tiempo, o más bien a un destiempo, lo que hace de la historia algo atemporal. Pero quizá lo que pueda descolocar parte de esto es el guiño que esta obra hace al documental; esto sobre todo al comienzo del film. Existe en él una frescura y una “transparencia” propia de este género, que igualmente no dejan de remitirnos a instancias de la nueva ola francesa y el neorrealismo. Los personajes, la manera en que son retratadas su vidas y el ambiente, resultan tremendamente orgánicos y auténticos. 

Para concluir debo hacer notar que la historia brilla por su sencillez. Quizá este es su principal atributo y acierto. A través de esto se nos habla de la heroicidad de un hombre sencillo, y de cómo éste alcanza su propia dignidad. Para los cineastas, esta obra es un recordatorio de que para hacer una película no hacen falta lo adornos de muchos millones de dólares ni grandes giros argumentales, ni tampoco un batallón de tomas en los ángulos más inusuales. Solo es necesaria capturar la esencia de los seres, y su desnudez más veraz, para hablarnos de la humanidad. Por eso resulta grato ver un trabajo así, que no deja de ser por otra parte, la representación sincera de su propio protagonista: un ser sencillo, cuyo drama a simple vista puede parecer algo insignificante, pero que sin embargo, al ser su drama personal, resulta ser inmenso y, sobre todo, digno de una película.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Por una nueva militancia: El estudiante de Santiago Mitre




     La primera vez que vi El estudiante (2011) de Santiago Mitre fue en una función de noche en la Sala Leopoldo Lugones en el décimo piso del Teatro San Martín. La Lugones se inauguró en 1967, y parece que no ha cambiado nada desde entonces. El piso cubierto de alfombra roja que simula terciopelo, las filas de butacas de vinilo con reposabrazos en madera, la luz tenue que cubre todo con una leve pátina de misterio, en fin, es un espacio acogedor para cualquiera de esos bichos raros que llaman cinéfilos. Siempre imagino a Borges sentado en la esquina de atrás del cine, solo, fumando un cigarrillo, mientras la luz se proyecta sobre la silueta de humo (sé que las fechas no concuerdan, pero déjenme imaginarlo). La sala Lugones y la sala del MALBA son probablemente los dos espacios institucionales sagrados de los amantes del cine en Buenos Aires. Es aquí que usualmente se presentan, a un precio solidario para los estudiantes, los ciclos de películas clásicas, los ciclos de directores extranjeros que nadie conoce (pero conocerá), y los ciclos de películas extranjeras recientes que no quieren presentar en ningún otro lado. Es posible que en cualquiera de las cuatro proyecciones del día la sala esté vacía, o que quizás haya una o dos parejas de ancianos, una de estudiantes, y uno que otro vagabundo que se queda dormido en medio de la película. Imaginen mi sorpresa cuando llegué esa noche y no cabía ni un alma más en la sala abarrotada. 
     O no, ninguna sorpresa. La película llevaba algunos meses en cartelera. El estudiante se estrenó en el BAFICI, el festival de cine más importante de la Argentina, donde fue la película de apertura en la edición 2011. Casi en el momento que comenzó la venta de entradas para el festival, las tres o cuatro proyecciones que tenían programadas ya estaban sobrevendidas. Al final le terminaron concediendo el Premio Especial del Jurado. Y despegó. Bueno, más o menos. Después de algunas semanas llegó a las salas mencionadas anteriormente. Hay que añadir: sin ninguna publicidad ni ninguna ayuda del Estado. A fuerza de promoción por el boca a boca y algunas críticas positivas en los periódicos de mayor circulación, llegó a tener tan buena recepción que incrementaron el número de funciones. Ahora, a como 6 meses de ese momento inicial, después de varias semanas tratando de comprar entradas para funciones que siempre están agotadas, mi novia y yo finalmente conseguimos el pedacito de papel codiciado que nos permite ingresar a presenciar este evento. 
     Estamos en la antesala y no puedo parar de pensar en el público tan variado que se ha dado cita hoy para ver esta película. Para empezar, hay una cantidad nutrida de jóvenes; esto no es difícil de concebir en una ciudad que hay tantas escuelas y estudiantes de cine como Buenos Aires. Aunque la pura verdad es que no todos tienen perfil de estudiantes de cine. Pero también hay adultos, muchos, y es obvio: estas son las personas que vivieron en carne propia una etapa complicada de la historia Argentina (y el mundo), esos enrevesados años 60 y 70 en que existía una verdadera conciencia política y el deseo de cambiar el mundo desde la militancia, esos años de cambio radical donde la revolución y las utopías eran realmente una posibilidad. Ahora bien, si hay un factor de esta experiencia que me pareció interesante, no importa cuál sea la crítica que uno haga de la opera prima en solitario de Mitre, es cómo la película logró pasar de ser un evento cinematográfico a un evento cultural, es decir, que haya permitido entablar una discusión pública sobre un tema que quizás una o dos décadas antes hubiera sido tabú. Ciertamente no podemos adjudicar la causalidad exclusiva de esta discusión a El estudiante, la misma es un signo de su tiempo, que refleja y encuadra una situación que se está dando en la sociedad argentina desde principios a mediados de los años 2000: el renacer de la política y la militancia. 
     La historia va así: Roque Espinosa, chico de provincia, llega a Buenos Aires para intentar por tercera vez estudiar una carrera en la Facultad de Sociales de la UBA. No es muy difícil darse cuenta que Roque tiene mejor aptitud para conquistar chicas que para estudiar. De esta manera conoce a Paula, una adjunta de cátedra militante que será su puerta de entrada al mundo de la política estudiantil. Un profesor mayor, Alberto Acevedo, líder de la agrupación en la que entra Roque y antiguo amante de Paula, fungirá de mentor y será su eventual adversario en esta historia de aprendizaje. Poco a poco, el chico de provincia ingresa por medio de la política al mundo de luchas de poder y trafico de influencias en la esfera de la universidad, mostrando una destreza sobrenatural para escalar en este mundo despiadado. 
     Primer dato paradójico, la película fue filmada independientemente, con escasísimos fondos (alrededor de $40,000) y sin ayuda del INCAA. Digo paradójicamente porque aunque las marcas de este modus operandi son visibles en el producto final, no es para nada la característica que la define del todo. Comencemos por el hecho de que Mitre es parte del grupo de guionistas de Leoneras (2008) y Carancho (2010), películas del archireconocido director argentino Pablo Trapero. Por un lado, durante la filmación, Mitre tuvo acceso a la máquina de producción de Trapero y esto se refleja en un nivel de producción y filmación ultra profesional. Por el otro, Mitre trabajó cercanamente con Mariano Llinás, director de Balnearios (2002) e Historias extraordinarias (2008). De esas experiencias Llinás aprendió cómo hacer mucho con pocos recursos. Gran parte del equipo de producción hizo su trabajo por amor al arte, ayudando como podía en su tiempo libre y cobrando muy por debajo de los estándares de la industria. La mayoría de los equipos utilizados en el rodaje los proveyó la Universidad del Cine y la Facultad de Ciencias Sociales permitió acceso prácticamente total para filmar in situ (tanto las tomas de huelgas y demostraciones como las asambleas son reales). Gracias a un cronograma de filmación flexible (se filma lo que se pueda, cuando se pueda), y horarios que dependen de la disponibilidad de los actores, se pudo aprovechar al máximo estos pequeños inesperados golpes de suerte que proveía la Facultad. Entonces, aunque muchas tomas de la película son hechas con hand helds, en planos cortos y medios, con un poco de onda voyeur, digamos que como una cámara-testigo, el producto final termina siendo un híbrido pulido entre la ficción y el documental. 
     Uno de los puntos fuertes y seguramente más debatidos de El estudiante es el poder que tiene de apelar a grupos generacionales y sociales dispares. En entrevistas el director ha afirmado que su deseo con esta historia era mostrar la praxis política como tema y no desde lo coyuntural. Esto ha dado paso a una cantidad variada de lecturas de la película. Algunas críticas han apuntado al hecho de que al no mostrar la coyuntura desde donde se plantea el personaje (nunca sabemos a qué agrupación pertenece, la época, ni cuál es su causa), el filme puede ser considerado deshistorizado y apolítico. Roque además entra en la política por lo que criollamente llamamos el canto, en otras palabras, en lugar de tener una verdadera vocación política, entra porque puede conseguir chicas. Y a grandes rasgos, la representación de la política en la obra se limita al tipo que solamente busca legitimarse en el poder, cueste lo que cueste. El fin justifica los medios. Yo añadiría también que todos los personajes tienen un discurso vacío, todos hablan de política pero ninguno dice realmente nada concreto. Son puro chamuyo, para usar la jerga argentina. Sería injusto y reduccionista argumentar que toda la política se limita a grupos como estos, pero quizás sería acertado afirmar que en las últimas décadas la política a nivel mundial se ha degradado y muchos de los personajes que hoy ocupan posiciones de poder son marionetas que se dedican a perpetuar una tertulia parecida a lo que aquí se representa.
   

     Es hora de los spoilers. La última y magistral escena de la película nos muestra a Roque ya desencantado con la política. Tiene una conversación con Acevedo, quien lo ha invitado a su oficina para ofrecerle una tregua meses después que lo ha traicionado. La oferta es un cargo institucional, a cambio de que Roque apacigüe la horda de estudiantes que le están haciendo la vida imposible en la facultad y que están poniendo en peligro un posible acenso de Acevedo al gobierno. Lo que el mentor estratega no sabe es que Roque ha sido la mente detrás de su derrota. Luego que Acevedo establece punto por punto una propuesta para que el joven entre de nuevo al ruedo político presenciamos un silencio dramático y una contestación sobria: no. Sería fácil argumentar que en este momento del final el profesor simboliza el modelo viejo de la política. Es decir, el oportunismo, la conspiración y la traición. Y que el estudiante, afirmando su ética, representa un nuevo modelo, una renovación que se extrae del histórico círculo vicioso que ha plagado a varias generaciones. Esto bien puede ser así, pero no hay que olvidar que Roque ha organizado este putsch como consecuencia de la traición anterior; el motor sigue siendo la venganza. ¿El “no” entonces significa “no hago política así”, “me salgo de la política” o “no, contigo no”? Nunca sabremos a ciencia cierta. En cualquier caso, independientemente del final, creo muy acertado el comentario de Mitre cuando en otra entrevista afirma que “…la universidad es como un reflejo total de lo que pasa en la política del país y del mundo, incluso”. Creo que los otros estudiantes que tanto figuraron en los últimos años, esos jóvenes en Puerto Rico, en Chile, en la Primavera Árabe y el resto del mundo, concuerdan en eso de que “Something is rotten in the state of Denmark”, aunque deciden afirmarlo de otro modo.