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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Problemas (y) complejos del cine puertorriqueño contemporáneo


Hace mucho que he estado pensando sobre los posibles motivos del fracaso del cine puertorriqueño contemporáneo. ¿Qué pasa con el cine puertorriqueño que no sale del atolladero? ¿Por qué han existido tantas propuestas que han intentado “salvar” nuestro cine y han fallado rotundamente? En esta entrada trataré, humildemente, de lanzar mis hipótesis sobre por qué el cine puertorriqueño no arranca.

Ahora bien, no es que el cine en Puerto Rico siempre haya sido un fracaso. Para nuestro orgullo, la División de Educación de la Comunidad (DIVEDCO) en los años cuarenta, cincuenta y sesenta marcó un hito en el séptimo arte de la isla. Una década antes de que surgiera el Noticiero ICAIC en Cuba, cuya fama -por Puerto Rico ser colonia- es mucho mayor a la de la DIVEDCO, ya muchos de los escritores de la generación de los cuarenta como René Marqués, Pedro Juan Soto y Emilio Díaz Varcárcel estaban trabajando en los guiones de películas para la educación a la comunidad. Además de eso, y como otros compañeros han reseñado en este blog, nuestros artistas gráficos más importantes del siglo XX, como Rafael Tufiño y Lorenzo Homar, participaron en la creación de carteles que hoy en día son joyas, además de montajes para algunos filmes. De esta empresa nos quedan joyas del cine puertorriqueño como: "Una gota de agua" (1949), "Desde las nubes" (1950) y "Los peloteros" (1951) de Jack Delano; "Una voz en la montaña" (1952) y "El gallo pelón" (1961) de Amílcar Tirado; "Ignacio" (1956) de Ángel F. Rivera, "¿Qué opina la mujer?" (1957), "El yugo" (1959) y "La ronda incompleta" (1966) de Oscar Torres, "Juan sin seso" (1959) e "Intolerancia" (1959) de Luis A. Maysonet; y "La guardarraya" (1964) de Marcos Betancourt, entre muchas otras. Aunque este cine a veces exagera en su tono didáctico, el mismo rompió esquemas y fundó una base sólida del séptimo arte en la isla. Este auge coincidió -no por casualidad- con el nacimiento del ELA y con el apoyo de Luis Muñoz Marín, tras su elección en 1948. Es decir, que la DIVEDCO fue una iniciativa gubernamental que posibilitó tal efervescencia.


A diferencia de aquellas películas cuyo objetivo era pedagógico e ideológico, hoy en día el cine puertorriqueño, con contadas excepciones, apuesta más por el entretenimiento y las fórmulas hollywoodenses del cine de género: cine thriller, cine de suspenso, melodramas, etc. Esto tiene que ver con la ignorancia de los burócratas a cargo de la Corporación de Cine de Puerto Rico -única agencia encargada de financiar los proyectos de cine puertorriqueño- que como políticos colonizados ven todo lo gringo como el “ideal” a seguir. Colocados en su puesto por el gobernador, estos burócratas no solo tienen el poder para decidir qué se va a rodar en la isla sino también cuánto dinero asignarle a cada proyecto, y se han encargado de vender a la isla como un “paraíso terrenal” para producciones gringas. Basta con visitar la página del “Puerto Rico Film Commission” para ver las lindas fotitos de las posibles locaciones para películas de afuera. Tal complejo de “Puerto Rico lo hace peor”, es una de las razones por las cuales muchas películas puertorriqueñas han imitado las fórmulas hollywoodenses. Encima de eso, parecen no darse cuenta de que el cine local jamás podrá competir con la hegemonía de los estudios de Hollywood por lo que si se dedica a copiar estará destinado al fracaso desde un principio. Y aún peor, el imperialismo norteamericano seguirá anulando nuestro cine e imponiendo su poder ante su bonita colonia con movidas como la de sacar al cine puertorriqueño de la competencia de “Mejor película en lengua extranjera” en los premios Óscares o de explotar los incentivos económicos que nuestro gobierno colonizado les ofrece. Es decir, sobran las razones para buscar soluciones en otra parte y creo que ya el cine independiente en la isla se ha percatado de esto y se dirige hacia otros lares mediante el uso de nuevas tecnologías digitales y nuevas formas de financiamiento con productores independientes.

Pero otro problema que enfrentamos en Puerto Rico es que aquí también existe un prejuicio de que el cine dramático es más “importante” que el cine cómico. Interesantemente, lo cómico se ha marginado hacia la televisión puertorriqueña –su historial es amplio y lo hemos discutido con los colegas de este blog- y el cine ha intentado ser más “serio” y “trascendental”. Es decir, el cine dramático suele verse como algo más difícil de hacer que el cine cómico. Y no solo eso, sino que se piensa que lo que el cine puertorriqueño necesita son melodramas que eleven la calidad del cine local a las “altas esferas” del cine internacional. ¿Pero por qué no aceptamos que los melodramas no nos quedan bien y que nos aburren hasta más no poder? El que pueda ver Cayo, Taínos, etc., el mismo día se debería ganar un premio (un Óscar por masoquismo). Esto me da a entender que no nos hemos tomado el tiempo para reflexionar sobre cómo debemos representarnos en la pantalla grande. Y es que la mayoría de las películas que han salido en la última década (2000-2010) y que han sido auspiciadas por el gobierno, han sido dramas aburridísimos insertados en nuestro entorno natural. Además de eso, he notado que en Puerto Rico existe una obsesión por rodar LA película que va a “salvar” nuestro cine. Por eso intuyo que aparecen con frecuencia estos dramas épicos mega pretenciosos que fracasan rotundamente. Y me pregunto: ¿por qué tanta obsesión? ¿Puede uno realmente “salvar” el cine nacional con una sola película? Aquí me refiero a las películas que han llegado a nuestros cines.

En mi opinión, a nuestros directores les hace falta un poco de sinceridad consigo mismos. Entiendo que quizás el dinero pueda moldear el tipo de historias que traemos a la pantalla grande pero debemos aprovechar el avance de las nuevas tecnologías digitales para tomar otro rumbo (y ya el cine independiente lo está haciendo). Quizás podamos aprender del cine en Cuba, por ejemplo, que ha roto los marcos del ICAIC con las nuevas tecnologías. Además, uso a Cuba como ejemplo porque allí se ha desarrollado el cine cómico con mucha más fuerza que en Puerto Rico. Ellos se han reído de su miseria y de su situación absurda: un país socialista en un mundo capitalista. ¿Por qué no reírnos nosotros de nuestra situación absurda y ridícula también? ¿No convendría mejor enfocarnos en el género cómico en lugar de épicas melodramáticas? Claro que habría que evitar que el cine se convierta en un cine “criollo”. Esto no es lo que estoy proponiendo. Abogo por una sinceridad en nuestro cine más allá de su contenido.            

Ahora bien, hay que destacar las excepciones que se salen de las fórmulas hollywoodenses porque no todo nuestro cine ha transitado los mismos caminos. En el género documental hemos estado bien alante desde hace mucho y lo seguimos estando. El documental La operación (1982) de Ana María García, por ejemplo, ya había sembrado las semillas que evidenciaban la solidez e importancia de nuestro cine en este aspecto. Hoy en día otros documentales siguen trayendo a la mesa temas importantes de nuestra historia como la reciente película Las carpetas (2011) de Maité Rivera Carbonell o el documental aún sin acabar sobre Filiberto Ojeda Ríos. Si no fuera por iniciativas como estas, temas políticos de este tipo quedarían en el olvido.


Y en el cine de ficción, ya algunos directores se habían percatado de la necesidad de explorar el cine cómico en nuestra isla, en lugar de seguir fórmulas de cine norteamericano. Jacobo Morales, por ejemplo, a pesar de tener muchas películas melodramáticas, ya lo había experimentando en su Dios los cría (1979), al igual que Luis Molina Casanova en su La guagua aérea (1993). Sin entrar en un análisis crítico de las mismas, ambas películas demuestran que ambos directores eran conscientes del potencial del cine cómico en Puerto Rico. Más recientemente, Radamés Sánchez en su Celestino y el vampiro (2003) también había utilizado este modelo como marco. Y hace cinco años, algunas películas también habían acogido esta fórmula en filmes tales como Maldeamores (2007) de Mariem Pérez Riera y Carlos Ruíz Ruíz, y La espera desespera (2012) de Coraly Santaliz. No obstante, si hiciéramos un cálculo matemático, el número de películas melodramáticas sobrepasaría el de películas cómicas abrumadoramente. Por esto es que argumento que es necesario tomarnos más en serio el género cómico. Como dije anteriormente, en Cuba ya se lo han propuesto seriamente y han tenido grandes logros como Las doce sillas (1962), La muerte de un burócrata (1966), Las aventuras de Juan Quin Quin (1968), Lista de espera (2000), Nada + (2001), y Un rey en La Habana (2005), entre muchas otras. ¿Por qué no hacer lo mismo aquí? Nuestro entorno está lleno de absurdos y nuestra pantalla también debería de estarlo. Es decir, ya es hora de que lo cómico no se restrinja a la televisión y lo pasemos al cine.

miércoles, 16 de enero de 2013

Ignacio y Don Ángel

El pasado 4 de enero ya se empañaba de tristeza el nuevo año al enterarnos de la muerte de Don Ángel F. Rivera, un verdadero baluarte de las imágenes en movimiento en Puerto Rico. Cineasta, director de teatro y televisión, Don Ángel era un comprometido de las artes y su desarrollo en Puerto Rico. Creador y mantenedor por varias décadas del Archivo de Imágenes en Movimiento de la Corporación de Puerto Rico para la Difusión Publica (WIPR) con la cual colaboró activamente hasta el momento de su muerte a los 90 años. Desgraciadamente, dicho archivo que ahora lleva su nombre y que es uno de los más completos archivos de imágenes en movimiento de la región del caribe, no se encuentra abierto al público general. Una pena que Don Ángel muriera antes de ver su apertura al pueblo al que tanto sirvió.

                                                                                 
Don Ángel  F. Rivera también es recordado por los varios trabajos cinematográficos que realizara para la División de Educación Para la Comunidad (DIVEDCO) programa pionero del gobierno de Luis Muñoz Marín que llevo el cine a las comunidades más recónditas del suelo puertorriqueño, utilizándolo como herramienta de discusión comunitaria y sociológica. Si bien era un proyecto quizás al fin y a la postre con un fin más didáctico que artístico o estético, lo cierto es que durante el periodo más fructífero de la DIVEDCO- los años 50, aunque la DIVEDCO como organismo existió hasta finales de los 70- se produjo quizás el mejor cine que se haya realizado en suelo boricua tanto a nivel artístico, como narrativo y sociológico.

En su mayoría influenciados por el neorrealismo italiano y precursores por unos pocos años de los trabajos de la Escuela Documental de Santa Fé impulsados por Fernando Birri y del ICAIC en Cuba- que serían los movimientos mayormente responsables en América Latina de promover el cine como herramienta de concientización sociopolítica- el grupo de cineastas de la DIVEDCO, compuesto por nombres imprescindibles como Amílcar Tirado, Jack Delano, Luis Maysonet, Benji Doniger, Marcos Betancourt y Ángel F. Rivera, entre otros, junto a colaboradores igualmente ilustres en las áreas de guion, fotografía y diseño de arte como: los escritores Rene Marqués, Pedro Juan Soto y Emilio Díaz Valcárcel, el fotógrafo Pedro Juan López padre, los artistas plásticos Irene Delano, Lorenzo Homar y Rafael Tufiño, por no mencionar mas nombres, debería de quedar grabado en la memoria colectiva de este pueblo sin memoria como ejemplo de artistas que utilizaron sus herramientas y conocimientos para el bien colectivo y humano de nuestra sociedad. Es una prueba de que arte e intelectualidad no deben quedarse solo en la “academia” sino ser parte de un todo que apele a la conciencia nacional. Basta solo echarle un vistazo a algunas producciones de esos fructíferos años de la DIVEDCO: El Puente- de Amílcar Tirado, en mi opinión la mejor película del cine puertorriqueño-, Modesta, La Noche de Don Manuel, La Guardarraya, Juan sin Seso, Una Gota de Agua, La de los Cuatro Cabos Blancos, Nenen de La Ruta Mora, entre otras, y claro está, el largometraje Los Peloteros de Jack Delano para atestiguar este hecho. Don Ángel F. Rivera dirigió dos de las mejores películas del acervo de la DIVEDCO: Ignacio (1956) y Un Día Cualquiera (1953). Incluso logró ganarle a Puerto Rico uno de sus primeros premios internacionales en cine ya que Ignacio fue reconocida con una mención de la crítica internacional en el Festival de Cine de Venecia- uno de los más prestigiosos del mundo- del año 1956.

                                                                       
Son muchas las cosas que se pueden decir de la DIVEDCO y su acervo cinematográfico aunque en Puerto Rico, país de memoria corta y de dejadez cultural por parte de sus gobernantes, no sea tan conocida como debiera serlo. En dicha producción se pueden escarbar y reconocer todas las contradicciones y paradojas de lo que fue el “Muñozismo” que a seis décadas de Estado Libre Asociado todavía es tema tan vapuleado y complejo en la psiquis puertorriqueña. Pero eso es tema para otro ensayo que pide escribirse muy pronto. Más allá de agendas políticas, sociales y didácticas, el cine de la DIVEDCO tiene un incalculable valor visual y narrativo que destaca por su fina artesanía clásica, prueba de que si el dinero faltaba, sobraba el ingenio y la creatividad. Ahora que casi todo el acervo cinematográfico de la DIVEDCO se puede apreciar por YouTube, espero que nuevas generaciones se acerquen a él.

Ahora paso a reproducir un artículo que escribí sobre Ignacio y mi encuentro con Don Ángel F. Rivera, texto publicado originalmente en el semanario Claridad en noviembre de 2002:

“El pasado 15 de noviembre asistí a una grata actividad. En el barrio Santa Olaya del Bayamón rural concluía esa noche el Proyecto A Todo Rincón del Archivo Nacional de Puerto Rico, auspiciado por el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Dicho proyecto se encargó de llevar por diferentes comunidades el cine de la División de Educación Para la Comunidad (DIVEDCO). Esa noche se vio el mediometraje Ignacio, realizado en 1956 precisamente en el barrio Santa Olaya, dirigida por Ángel F. Rivera y adaptada del cuento de Rene Marques: Los Casos de Ignacio y Santiago.
                                                                         
El rescate de ese cine olvidado y realizado hace ya más de 45 años debe ser motivo de alegría para el pueblo entero. Considero que las películas realizadas bajo el ala de la DIVEDCO durante los años 50 constituyen la edad de oro del cine puertorriqueño. Nunca en nuestros intentos de forjar un cine nacional se ha producido más que en aquella época en términos de calidad, cantidad e ingenio. Es un cine que hasta ahora no ha sido superado en esas áreas en lo realizado posteriormente en suelo nacional.

En vez de tomar esa herencia de dicho cine, replantearla y recontextualizarla en nuestro presente, nos hemos dedicado las pocas veces que se logre echar un gran proyecto cinematográfico adelante, a obviar o distorsionar nuestra condición sociocultural y copiar modelos extranjeros que por nuestra misma condición- sí, colonial, no hay que negarlo- nos son imposibles de copiar en términos de escala y ambiciones comerciales. Claro está, en estas cuatro décadas, Puerto Rico ha cambiado infinitamente y de alguna manera nuestro cine debe avanzar ideológicamente y salir de su estancamiento moral. Pero para eso creo que podemos tomar nota del cine de la DIVEDCO, en que se solía hacer mucho con poco, con una modestia narrativa pero con la preocupación de contar bien una historia sin que nada sobre ni falte y sobre todo, la necesidad punzante que debe tener nuestro cine de ser reflejo de nuestra realidad como pueblo y ser bálsamo de la misma.

El argumento de Ignacio no puede ser más sencillo y sigue la fórmula de la mayoría de los argumentos del cine hecho por la DIVEDCO. Se expone un problema social o familiar dentro de un núcleo rural de clase baja, y la manera de resolverlo. Existe el ciudadano común que no se atreve a alzar la voz y por otro lado el ciudadano altanero que se responsabiliza de llevar la voz cantante y hacer política pública para sus bienes- el villano de la historia por decirlo así. En este caso, la historia principal concierne a Ignacio (Ulpiano Mulero) y su esposa Gabriela (María Rivera) y un pequeño hijo que con su tala le provee el sustento a su familia. Ignacio, sin embargo, vive ignorando los problemas que aquejan a su comunidad y no tiene el valor suficiente para alzar su voz en contra de Don Isidro (Eliseo López), el autoproclamado líder de la comunidad. En principio, Ignacio no comprende por qué es importante dejarse escuchar ante el asunto importante de mejorar la calidad del agua del pozo del barrio, que está infectada. Pero al morir su hijo después de tomar del agua contaminada, Ignacio se tiene que enfrentar a los hechos y enfrentar su tristeza con una toma de conciencia.
                                                                             
Ángel F. Rivera- uno de los hombres a quien más le debemos en la cultura nacional por su trabajo destacado en el cine, la televisión y el teatro- estaba presente en la presentación del fime y explicaba que el modelo suyo como realizador había sido el Neorralismo Italiano, particularmente el cine de Vittorio De Sica, Roberto Rosellini y Luchino Visconti. El neorrealismo, movimiento que tuvo su máximo esplendor a finales de la década del 40 y a comienzos del 50, se destacaba por rodarse en escenarios naturales, con poco presupuesto, actores no profesionales e iluminación natural. El centro de ese cine eran las historias cotidianas que reflejaban la realidad de los entornos que retrataban y a su vez se alejaban de la influencia industrial y capitalista con un estilo documental en el que se plasmaban las acciones mientras se desenvolvían frente a nosotros (la noción de “imagen/hecho”). El modelo fue bien estudiado por Ángel F. Rivera tanto por lo visto en pantalla como por las anécdotas que compartió con nosotros allí acerca de su proceso creativo.

Algunos de los vecinos del barrio, que participaron como actores en el filme, también estaban allí presentes y compartieron divertidas anécdotas sobre su incursión en el mundo del cine. A diferencia de otras películas de la DIVEDCO en que se mezclaban actores reconocidos con actores no profesionales, la totalidad del elenco de Ignacio era del barrio Santa Olaya y con la excepción de Eliseo López- el villano de la historia- nunca habían actuado antes. Es sorprendente el buen trabajo que realizan y la naturalidad con la que se expresan, sobre todo María Rivera como Gabriela, que tiene un rostro particularmente dramático. Sin embargo el mejor momento del filme corresponde a un vecino cuyo nombre no figura en los créditos y hace del amigo que consuela a Ignacio recordándole que no debe tener “un ratón muerto en el alma” y que “el ratón muerto en nuestras almas es la timidez”. El diálogo de esa escena puede ser el mejor que haya visto en una película nacional. La analogía del ratón muerto confirma el ingenio y la naturalidad que Ángel F. Rivera impartió a este guion, dotando ese particular momento de la famosa “sabiduría de calle” típica del puertorriqueño.
                                                                         
Pero el resto del guion está igual de lleno de diálogos inteligentes y realistas que comunican con exactitud el dilema de Ignacio y su comunidad. La doble labor de F. Rivera en este filme lo reconfirma como uno de los grandes talentos de nuestro cine. En Ignacio se limita a contar una historia con economía, pero con inteligentes elementos narrativos- sobre todo las imágenes del cuento de Ignacio que abren cada capítulo y se convierten luego en la imagen en movimiento- que vuelven a ser prueba de la inteligencia creativa que puede proporcionar la falta de medios. La película entonces cumple varias funciones, es documento de la producción fílmica de la DIVEDCO y del cine de la época, documento del Puerto Rico de los años 50- con tradiciones ya extintas como el baquiné que se le hace al hijo de Ignacio, escena que a cualquiera le forma un taco en la garganta- y un modelo de lo que deberían ser las raíces de un cine nacional, si algún día aspiramos a seriamente tenerlo. Ignacio en sus 33 minutos tiene mas corazón y dignidad que la inmensa mayoría de nuestro cine. Gracias a Don Ángel F. Rivera y a todos los que formaron parte de la DIVEDCO por estos regalos, solo espero que nuestro pueblo, y nosotros los cineastas futuros, no nos olvidemos de que existen.”
                                                                             
Si están interesados en seguir este tema, les anuncio que en el programa radial “CINESTESIA” que estaré moderando a partir del 17 de enero junto al cineasta y teatrero Eyerí Cruz, le estaremos dedicando una serie de programas a la DIVEDCO y su legado. El programa se transmite por Bonita Radio, los jueves de 4 a 5 pm, lo pueden accesar en:  http://www.ustream.tv/channel/bonitaradio

http://www.youtube.com/watch?v=SmLHVuWg3o0

martes, 11 de noviembre de 2008

lo que hace como tres siglos le contesté a honduras sobre talento(?) de barrio

Algunas observaciones...

Esperar un cambio de "paradigma estético" de una película propuesta desde sus afiches promociónales como la película en que "sale DaddyYankee", creo que es pedirle peras al olmo. Ciertamente puede ser una película que guste a niveles comerciales—aunque tampoco le auguraría un éxito tan avasallador como Titanic—, pero por esa misma razón no creo que nadie ande buscando ni elementos cualitativos de fotografía ni de montaje, etc. (pobre de aquellos que si). Simple escapismo por escapismo y, de nuevo, Daddy Yankee. Bien lo habías dicho al principio, "la película es puro marketing".

Creo que a nivel comercial, la mayoría de las películas—locales o extranjeras—sufren de un cierto complejo colonial, si a eso llamamos emular un modelo hollywoodense que no guarda relación con el contexto social inmediato que produce el producto, valga la redundancia. En otras palabras, no por ser del patio (puertorriqueña) es que se manifiesta esta cuestión de imitar a los gringos, es algo que ocurre a mayor escala también en el cine comercial en general.

*Nota: Esto todo fue escrito mucho antes de la alianza Daddy/McCain o de "vota o quedate cagao".

¿Talento de Barrio?

Talento de barrio, la más reciente producción de cine boricua, dirigida por José Santiago y estelarizada por Daddy Yankee, fue estrenada el pasado jueves catorce de agosto en todos los cines del monopolio de Caribbean Cinemas. Talento de barrio es un filme que al igual que la mayoría de proyectos que han tocado la pantalla plateada de los cines nacionales, deja mucho que desear y un puñado que de preguntas que levitan en el aire como un enjambre de molestosas moscas.

Al encontrarme ante una obra de tan pocos aciertos y con tantos fallos en tantos aspectos, se me hace difícil ver la hendidura por cual debo dar paso a la luz que ilumine la caverna de esta reseña. Quizás deba comenzar por uno de fallos que comparte con todas las obras de la más reciente camada de películas puertorriqueñas: el guión. Si bien hay un intento de reflejar una de las realidades de Puerto Rico, el guión de esta película lo hace a través del uso de los clichés del cine norteamericano y una estructura clásica en tres actos, con un débil protagonista que si bien por momentos denota un intento de parte del guionista de darle matices (una dimensionalidad forzada), también mostraba una inconsistencia en su construcción. Por ejemplo, el personaje de Yankee en un principio muestra un deseo de cantar reggaetón, es decir, se le da un objetivo dentro de ese contexto en el que se mueve como llevado por la corriente; pero en otro punto del filme, cambia de opinión como si el guionista, y el personaje, hubiesen olvidado de ese objetivo. Si bien éste sería un primer objetivo, luego lo veríamos con otro. Edgar más adelante en el film, quiere salir de la vida de violencia que lleva, lo cual le da ya un poco más de coherencia. Este personaje parece ser una contradicción en sí mismo. Según el trasfondo que se le da, se habla de Edgar como un muchacho bueno, con una madre buena a la que incluso ha respetado siempre; junto a ella, otros personajes refuerzan esta idea, y Edgar se muestra noble la mayor parte del filme. En otras palabras este personaje es demasiado bueno para ser el "bichote" del caserío. Al menos, posee una bondad que sólo me hace pensar que está construido únicamente para caerle bien al público y no para ser verosímil. Y me pregunto: ¿Existen personas así en la vida real, en Llorens, en Capetillo, en Barrio Obrero, o es solo un ideal, un personaje recortado a los deseo del mismo Yankee?

Edgar es una caricatura. Hubiese sido más interesante y creativo que este personaje fuese "mala hierba" en un comienzo y que fuese cambiando en el mismo desarrollo de la película, lo cual es una característica esencial de la dramaturgia moderna. Claro, esto hubiese representado una complicación mayor al guionista. En la gran mayoría, los personajes son bidimensionales, son planos, sobre todo el "Judas" de la película, y la misma hermana de Edgar. Ella es un personaje que está creado desde un principio para que tenga un porqué la escena del clímax: la pelea. Se ella depende el deus ex machina. De otra manera no tiene ningún pito que pitar, y no representa ninguna aportación real a la historia. Este personaje femenino presenta de una manera degradante a las mujeres que se degradan a sí mismas. Al final del segundo acto ella actúa de una manera tan forzada e incoherente, que lo único que hace es dejar al descubierto la incapacidad del guionista de crear un filme con una estructura y personajes lógicos, tridimensionales. Otro personaje disfuncional, es el personajes de la excelente modelo, pero pésima actriz, Katiria Soto, que funciona nada más para que el personaje de Daddy Yankee encuentre una justificación más -ciché- del cambio que quiere dar. Ella es un personaje completamente puesto; es necesario solo para que Yankee actúe de una determinada manera; no tiene fuerza ni posee las velas de su propio barco.

Talento de barrio estéticamente es un filme anémico. Su fotografía no traer ninguna aportación a la representación de crudeza a la que se quería llegar. Si el carácter de la realización era mimético e intenta calcar parámetros de las grandes industrias cinematográficas, del mainstream, al menos se hubiese hecho copia de películas bien realizadas como Ciudad de dios, o incluso, alguna de las obras de Iñárritu, cuya fotografía aboga por transmitir la austeridad de la geografía latinoamericana. No veo en Talento de barrio ningún intento por llegar un poco más allá de encontrar la correcta exposición y el raccord fotográfico entre planos. A esto se le puede sumar, la falta de dinamismo en la misma cámara.

El sonido, quizás dentro del aspecto técnico, es uno de los más desastrosos. Es una lástima que la sonidista sea una egresada de la EICTV, cuya cátedra de sonido es una de las mejores en cuanto a la enseñanza de esta técnica en Latinoamérica. En muchas escenas quedaba al descubierto el siniestro uso de sonidos de archivo. Por momentos el sonido de los disparos de las pistolas parecía más al estruendo de petardos, y el de petardos, a una lata de pepsicola abriéndose. Los puñetazos eran una cosa lamentable, eran opacas sombras de lo debían ser en realidad. El mal doblaje de algunas escenas muchas veces nos remitía al neorrealismo italiano y su mala sincronización sonora, pero no es algo que estuviese hecho adrede. En cuanto a la música de Talento de barrio, podemos escuchar varios temas de reggaetón necesarios para ambientar la historia y que de alguna manera hablan de Edgar. Pero su música extradiegética emerge como una suma de compases que reúne décadas de clichés musicales norteamericanos. No hay nada nuevo, nada inteligente.

Aún así hay algunos aspectos positivos en este filme, como por ejemplo, los logros interesantes que se obtuvieron con la utilización de no-actores. Con ellos creo que si se pudo captar cierta espontaneidad, y en muchos momentos se sentían reales, mucho más reales que los resultados obtenidos de la mayoría de los actores profesionales de la película. El trabajo de Katiria y la actriz que interpreta a la hermana de Edgar, dejaron mucho que desear. Incluso, el mismo Yankee lo hizo mejor. Excepto cuando, se encontraba ante grandes exigencias dramáticas.

Siento que Talento de barrio es más que todo, un producto de la misma la industria de reggaetón, la cual pretende más que desarrollar la incipiente industria cinematográfica puertorriqueña, alimentar a los peces gordos de su mercado de música. La película es puro marketing, el aprovechamiento de una figura como Daddy Yankee que ya goza de una gran popularidad y que intenta aumentarla aun más con esta película.

Sí, las películas se hacen para un público y el público está respondiendo a ésta. Es muy posible que Talento de barrio rompa records históricos en Puerto Rico, y que cree un nuevo precedente, que se vuelva el Titanic boricua, pero no establecerá para nada un nuevo paradigma estético dentro del cine nacional.

Es un fenómeno interesante el que se está dando con esta película. Cuando me encontraba en el cine no me sentí indiferente de las reacciones del público. De pronto, la proyección se volvió un performance, se dio una representación más efectiva de la realidad que se quería esbozar con la película detrás de mí, junto a mí, a mi alrededor; todos respondían, reaccionaban al unísono a esta obra. Estaba entonces entre un espejo distorsionado y mal obrado de una realidad, el público que se veía, que sonreía, se reía, se encabronaba y se conmovía con la historia de una manera en la que yo no podía por encontrar un producto tan fallido. La proyección me habló mucho y muy mal del espectador puertorriqueño, de lo mal formado que esta, de su mala educación dentro del séptimo arte. ¿Cómo era posible que les gustara una película como esa? Aunque quizás era yo el errado porque la película no me representaba, pero si intentaba reflejar al público que me acompañó esa noche. Sí, quizás el equivocado era yo y la película es buena, al menos para las grandes masas.

Uno de los lemas, quizás el más extremista, que han abanderado el Nuevo movimiento de cine latinoamericano es: "un país sin imagen, es un país que no existe". Puerto Rico es un país que cuya imagen ha aparecido de pronto en las pasadas décadas como un espejismo intermitente que va y viene cada cierto tiempo. Si Talento de barrio y su público de alguna manera reflejan a Puerto Rico, estaremos hablando entonces de que nos encontramos ante un pueblo que necesita de la violencia. Y Talento de barrio entrega esta violencia a un pueblo que la pide como ante un gran coliseo. Tenemos violencia a nivel sonoro. No podemos olvidar que el reggaetón tiene implícito en sus pentagramas la violencia de un sector de la población, que por momentos, cuando se siente amenazado, toma este género y lo usan para marcar su territorio como los perros hacen con su orín. Pero también este género representa para la gente lo que se plantea en la película: una salida, un punto de fuga de la misma violencia que se vive en algunos barrios de Puerto Rico. Entonces estamos ante una nueva interrogante: ¿qué tan bueno puede ser este escape que se plantea, si este representa a un individuo superficial, violento, que sigue rodeado de la ignorancia que lo hizo entrar en el mundo de las drogas? Un mundo que lo mata por formar parte de su pasado. La violencia está retratada de otras maneras en la película, como en sus diálogos, en los que abundaban las malas palabras. No estoy en contra de esta representación de la realidad, al contrario la favorezco y la encuentro auténtica al obedecer a estos círculos viciosos de la sociedad, pero lo que si encuentro decadente, es a la falta de costumbre del público a verse representado de esa manera. Cada palabra soez, desataba un coro de carcajadas pudorosas. Pero esto es solo un aspecto menor del espectáculo, lo lamentable realmente, era la cantidad de niños, de bebes que se encontraban aspirando toda esa suciedad en la sala del cine. ¿Cómo es posible que los padres de tantos niños lleven a sus críos a ver esa violencia? Quizás se deba a que la mayoría de esos padres de familia, no pasaban de los 20 años de edad. Me pregunto ahora, esta violencia será una respuesta al estado de incertidumbre nacional que abate a Puerto Rico desde que es colonia de los Estados Unidos. Será esta película una reacción mimética al estado colonial del Borinquén. Parece que sí, porque su estética responde a la estética del colonizador, incluso la imagen que se representa, es la imagen que tienen en Estados Unidos de los puertorriqueños y de la misma vida insular.

Talento de barrio me deja entonces con dos últimas preguntas: ¿se realizarán más obras fallidas como ésta, que apelen a un público que responde positivamente a ellas, que las apoya aunque no representen una crítica verdadera a la violencia, a la sociedad en la que se vive, o se realizarán obras distintas, hechas para un público pensante, activo, y que va más allá de la estética del colonizador? ¿Habrá entonces en el futuro un verdadero cine de raíces, de Puerto Rico, o uno que responda a imágenes prefabricadas por el Colonizador creadas por mercenarios que no les interesa un desarrollo puro y legítimo del cine como un verdadero arte?