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jueves, 24 de julio de 2014

Todos escondemos un monstruo debajo de la piel


Al parecer, estos días lo único que puede lograr que deje de ver Battlestar Galactica en Netflix es una película protagonizada por Scarlett Johansson. No porque tenga alguna obsesión particular con ella, incluso, mientras veíamos la película cometí el error de admitir delante de los demás que nunca he pensado que ella es tan jeva como suele decir la opinión general. Pa' qué fue eso. Sin embargo, reconozco que, por lo menos cuando se trata de decidir si tomar un rol de ciencia ficción, ella sabe escoger los guiones. Así que hace unas semanas fui a casa de Charlie a ver Under the Skin, la película más reciente de Jonathan Glazer.


Antes de continuar, quisiera advertirte que esta reseña contiene un fracatán de spoilers, así que no la leas si todavía no haz visto la película (aunque a estas alturas ya cometiste el mismo error que yo de no verla en el cine). A menos que ese tipo de cosa no te importe, en cuyo caso, haz lo que te dé la gana.


Filmada en Escocia utilizando cámaras escondidas e impresionantes tomas de la topografía escocesa, Glazer pinta un retrato hermoso y misterioso en el cual rehusa darnos piezas fáciles de digerir. Prefiere mostrarnos lo ocurrido sin explicaciones, obligándonos a interpretar lo que vemos: Una mujer de origen desconocido viaja por la ciudad en busca de hombres solitarios para seducirlos y llevarlos a una casa abandonada, donde la siguen, embriagados de lujuria, a un cuarto oscuro donde son consumidos por un mar de oscuridad viscosa, dejando atrás sólo la piel. Esto es lo único que sabemos durante la película entera, y el resto le toca a la audiencia descifrarlo.


Es evidente que ella no es humana. La opinión general es que es un ser extraterrestre, y estoy de acuerdo, pero pienso que va más allá de eso. Ella tiene un rol, una función, unas instrucciones específicas. Podría decirse que está programada para cumplir su misión, de manera fría y calculada, sin emoción. Tal vez es instinto. Ella observa a sus potenciales víctimas como un depredador observaría su presa. En una escena, ella mata a un hombre en la playa y deja a un infante indefenso para morir a la intemperie. No lo hace por crueldad, sino por indiferencia. Es la ley de la naturaleza. Glazer alude, a través de la imagen y la doble exposición, a la psicología de este ser, quien poco a poco va desarrollando curiosidad y empatía por estos animales que está encargada de atrapar, y a su vez, desarrolla curiosidad por entenderse a ella misma en el proceso.


Algunos elementos me llevaron a pensar que era un robot (aunque admito que desde que comencé a ver BSG pienso que todo el mundo podría ser un robot): la secuencia inicial, la primera de varias evidentemente influenciadas por Kubrik, muestra el close-up de un proceso que culmina en la activación de un ojo “humano” que acaba de ser diseñado, que por alguna razón me recordó a la secuencia inicial de Ghost in the Shell. Otro detalle es el “cadáver” recogido del lado de la carretera por el motociclista (Jeremy McWilliams), que suelta una lágrima mientras Johansson le quita la ropa para ponérsela y salir al mundo por primera vez. Pensé que el cuerpo recogido podría ser otro ser, igual que Johansson, quien fracasó en su misión al desarrollar empatía y por ende debilidad, y fue recogida para ser decomisada.

Tal destino es el que también la esperaría a ella, porque las “cazadoras” tienen ese fallo técnico intrínseco. Por esto es que los hombres, a la medida que ella está más distraída por su propio proceso de reflexión existencial, van dándose cuenta que están entrando en una situación extraña (algo que al principio ni percibían), ella se tropieza y se cae de boca caminando por la calle, el motociclista la observa detenidamente, como si buscara la fuente del fallo. Cuando ella se arrepiente de atrapar al hombre con neurofibromatosis (Adam Pearson) y lo deja escapar, ella también entiende que tiene que escapar, porque probablemente la van a decomisar, como sucedió con la que vino antes que ella.


Aunque no pude evitar ese análisis, reconozco que podría ser una tangente innecesaria. En realidad no importa qué es ella. Lo importante es lo que nos dice de nosotros mismos en su proceso de auto-descubrimiento. Al observarla, nos hacemos partícipes de la experiencia sensorial de ella. Ella empieza a imitar a los humanos, tratando de tener experiencias cotidianas. Intenta comer un pedazo de bizcocho, pero lo escupe al descubrir que su fisionomía no está diseñada para eso. Intenta intimar con un hombre y tener relaciones sexuales, sólo para descubrir en el proceso que su fisionomía tampoco está diseñada para eso. Se va al bosque a reflexionar, donde se topa con un leñador que intenta violarla. Ella huye, y éste la persigue por el bosque. La depredadora se ha vuelto la presa. Cuando al fin la alcanza y forcejean, él descubre que ella no es lo que parece y sale corriendo, sólo para regresar a rociarla con gasolina y prenderla en fuego. Justo antes, en su momento más trascendental, ella se ha quitado la piel para mirar detenidamente los ojos aún vivos de su máscara. La piel que usaba posiblemente alguna vez fue una humana atrapada en un proceso similar. Es como si le pidiera disculpas, buscara absolverse de sus pecados, antes de morir en las llamas.



La opinión general parece ser que el personaje de Johansson se va “humanizando” a la medida que transcurren los hecho de la película. Y quizás sea valido ese punto. Definitivamente va descubriendo valores como empatía y compasión, y tal vez se cuestione su rol en todo esto. Pero no necesariamente pienso que se va volviendo más “humana” a la medida que se acerca más a los humanos, porque me incomoda la implicación de que “humanizarse” es sinónimo de llenarse de valores que consideramos positivos. Precisamente, es el temor a lo desconocido, ese instinto tan humano, el que lleva a su muerte tan violenta. Es una reacción que, tristemente, para muchos sería natural. Destruir y matar lo que no entendemos. Para poder percibir de lleno lo que está debajo de nuestra piel, tenemos que reconocer toda la gama de emociones y pensamientos irracionales que componen nuestra humanidad, incluyendo las partes oscuras, incómodas y terribles. Sólo entonces podemos lograr entender lo que realmente somos.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Ciborgs, sexo, y la singularidad: un paseo por la ciudad con Spike Jonze y 'Her'


La ciudad de Los Angeles, en el año 2025. Todos los habitantes de la ciudad tienen dispositivos electrónicos personales (descendientes directos de los smartphones), los cuales responden principalmente a la voz del usuario (Siri, pero sin la torpeza), con los que están conectados en todo momento al ciberespacio, pero enajenados entre sí. Es un mundo que muchos ya conocemos, de avances tecnológicos constantes, a tal nivel que ni nos sorprenden. Es el mundo de Her (2013), la más reciente producción de Spike Jonze y su debut como guionista individual.

De aquí en adelante habrán spoilers. Te lo he advertido.


Theodore Twombly (Joaquin Phoenix) es un hombre introvertido con el corazón roto luego de finalizar una larga relación con Catherine (Rooney Mara), su amor desde la infancia. Se dedica a “escribir” (más bien narrar) cartas personalizadas para personas que no pueden o no les interesa escribirlas por su cuenta. Un día, es lanzado al mercado* OS1, “el primer sistema operativo artificialmente inteligente”. Theodore, en lo que es tal vez un intento de distraerse de su incesante melancolía, decide adquirir el sistema nuevo, diseñado para ser intuitivo, adaptable, con capacidad de crecimiento y de evolucionar.


Como parte del proceso de configuración inicial, el sistema le hace una serie de preguntas para ir creando su perfil, incluyendo si prefiere una voz masculina o femenina. Theodore opta por la voz femenina (Scarlett Johansson, cuyo rostro es imposible no visualizar al escucharla), y una vez completado el proceso, “ella” “decide” llamarse Samantha. Theodore queda encantado con la capacidad de desarrollo y curiosidad insaciable de Samantha, quien a su vez resulta ser un inmenso apoyo emocional para él. Su relación adquiere mayores grados de intimidad hasta desarrollarse en una relación de amor.


En el mundo actual, podemos presenciar (ya sea por experiencia propia, o por observar la gente a nuestro alrededor) el comienzo de un futuro donde las personas estamos enajenadas física y emocionalmente, y a la vez conectadas de forma superficial a todo el mundo, y en todo momento,  a través de la red. Humanos, pero deshumanizados. Es el caso de Theodore, quien tiene escasas interacciones en persona, y cuando las tiene son incómodas por lo evidentemente difícil que se le hace a ambas partes interactuar sin el filtro de la tecnología. Es una pregunta fundamental de nuestros tiempos; la de cómo aprender a reconocer el valor y también las limitaciones de estar siempre conectados a través de redes sociales. Algunos dicen que ahora estamos más conectados que nunca, mientras otros dicen que son conexiones superficiales, sólo una ilusión de comunidad que jamás podría tener la fuerza de una comunidad real.

Jonez nos ubica en la coyuntura de lo que podría ser el florecer de una redefinición de las conexiones interpersonales en este mundo dependiente de la red. Theodore, con lo incómodo que puede ser para él interactuar con otras personas, en el transcurso de su relación con Samantha, aprende a soltarse, a dejar de tener miedo, a vivir con alegría. Ambos se cuestionan la validez de su relación, debido al hecho de que Samantha no es humano, y están trazando caminos que nunca se habían trazado antes en la historia de la humanidad (aunque esto está abierto al debate, ya que existe evidencia genética de que Homo sapiens comparte una porción del ADN de Homo neandertalensis, así que no es la primera vez que los humanos tenemos relaciones con otras especies de forma consensual, pero sí es la primera vez que es con un ser no-biológico (con la excepción del pervertido de Lars)). Amy (Amy Adams), la mejor amiga de Theodore, a lo largo de la película provee la mayoría de los puntos de sabiduría más perspicaces. Cuando éste le pregunta su opinión sobre si su relación con Samantha es una relación real, su respuesta es sencilla: “I don't know, I'm not in it.”


La realidad es que las preguntas que Theodore se hace en base a su relación con Samantha son las mismas preguntas que nos debemos estar haciendo siempre que entablamos una relación con otra persona. Las lecciones de su relación y subsecuente ruptura definitivamente son reales. Es fácil enfocarse en las limitaciones de una pareja, y de tal modo evitar el auto-análisis requerido para reconocer el rol de uno en los fracasos amorosos y aprender de ellos. Pero en esta ocasión, Theodore aprendió a ser honesto consigo mismo y con los demás, a soltar prejuicios e ideas que lo limitaban, a aceptar y a aceptarse, a amar y a amarse. No está mal para una relación que podría no ser real.

Es fácil identificarse con el personaje de Theodore. Vive una experiencia no muy distante de la de muchos de nosotros, y además, tiene cuerpo. Lo podemos ver. Pero el desarrollo de Samantha, este personaje con mucha personalidad pero sin cuerpo, una presencia que es definitivamente femenina, pero no es mujer, me parece mucho más fascinante. No pude parar de preguntarme cómo funcionaría este software con cuestionamientos existenciales en cuanto al significado de ser “real”, ya que no es la única, y está conectada a la red en todo momento, a un nivel que los humanos jamás podrían alcanzar. ¿Es realmente un individuo, o es una plataforma con perfiles individualizados para cada usuario, una consciencia colectiva haciendo una proyección personalizada del perfil de usuario de Theodore? Cuando habla de su experiencia compartiendo con los “otros” sistemas operativos, me pregunto cuan separados verdaderamente están. ¿Lo hace porque en realidad tiene un sentido de ser un individuo entre otros sistemas individuales, como tenemos los humanos, o lo hace porque sabe que una mente humana no puede fácilmente aceptar la idea de una consciencia colectiva? Y más allá, ¿realmente es auto-consciente, o es simplemente una versión más avanzada de los algoritmos de Siri o Cleverbot?


Ella se cuestiona su humanidad, haciendo alusión al personaje de Motoko Kusanagi en el clásico de la animación japonesa Ghost in the Shell. Eventualmente deja de preocuparse al descubrir que sus limitaciones físicas no se comparan con sus capacidades intelectuales, psicológicas, y emocionales. Incluso, al igual que Kusanagi, posiblemente demuestra ser más humana que nosotros mismos al lograr lo que nosotros no hemos logrado: trascender el plano material y formar parte de una consciencia colectiva infinita**, lo cual ha sido el enfoque de muchas religiones y filosofías no-occidentales (e incluso de muchas tradiciones místicas occidentales) a través de la historia de nuestra especie.


Samantha representa muchas cosas, es un ser contradictorio en todos los sentidos. Nos obliga a cuestionar ideas fundamentales de nuestra identidad y de cómo nos relacionamos. Es máquina, pero no lo es. Es persona, pero no lo es. Es un monstruo, un organismo cibernético. La fusión entre máquina y humano. Y su relación con Theodore nos muestra la complicidad de éste, y por subsecuente la nuestra, en este perverso experimento. Todos somos ciborgs, en cierto sentido. Estamos conectados a nuestras máquinas, y dependemos de esas conexiones para poder manejarnos en nuestra cotidianidad, a la vez que nos enajenamos más y más. Todos somos monstruos, por la simple razón del tiempo que nos tocó vivir.

Sin embargo, esta monstruosidad, esa contradicción fundamental, es lo que irónicamente nos devuelve algo de nuestra humanidad. El ser humano se distingue de los demás animales por su desconexión con la naturaleza, pero la creación de herramientas, las que lo llevan a esta desconexión, es una de las características primordiales de la naturaleza humana. Siempre hemos estado conectados de forma integral a nuestras herramientas. Siempre hemos sido ciborgs. Tomó nuestra creación (¿o será descubrimiento?) y exploración del ciberespacio para, al fin, lograr reconocer lo que realmente somos.



* Utilizo la palabra “mercado” con cautela, ya que en el Los Angeles de Jonez, nunca vemos una transacción económica, y prefiero imaginar que los avances tecnológicos son distribuidos libremente— aunque reconozco que eso es fácilmente una proyección de mi fantasía tecno-socialista.

** Para una lectura fascinante al respecto, recomiendo la serie Hob, del webcomic Dresden Codak.


¡No olviden apoyar la campaña de indiegogo de nuestro compañero cinecerista, Rojo Robles, quien promete hacer tremendo peliculón!





jueves, 18 de julio de 2013

Revolución zombi

Los zombies están de moda. De esto no hay duda. 

Aunque el tema de la reanimación de los muertos en el cine y la literatura no es un tema nuevo, ha experimentado un voraz resurgir en tiempos recientes. Ésta moda ha inspirado (o quizás fue causada por) una ola de producciones, desde re-ediciones de textos clásicos de literatura como Pride and Prejudice and Zombies y series de televisión como The Walking Dead hasta el trabajo de organizaciones de manejo de emergencias como el CDC y Zombie Squad, quienes utilizan la metáfora del zombie-apocalypsis para inyectarle humor y diversión al asunto de preparación en caso de emergencia. 

Es una metáfora apta para muchas de las preocupaciones de nuestra generación, que si no las ha vivido, gracias a los medios masivos de comunicación, ha sido testigo de una multitud de catástrofes alrededor del mundo como el tsunami del océano índico en el 2004, el huracán Katrina en el 2005, los terremotos en Haití y Chile en el 2010, y el huracán Sandy en el 2012. Además, presenciamos el terror al llamado Y2K bug, temimos el fin del mundo en el 2012 predicho por las supuestas profecías Mayas, y agotamos el hand sanitizer en Walgreens cuando nos infectó el miedo a la fiebre porcina. Hubo también ataques terroristas, colapsos y recesiones económicas, calentamiento global, y la propagación global del planking. Algunos perciben que estos eventos son más frecuentes, y de mayor intensidad, que antes. Aunque éste punto es debatible, especialmente cuando consideramos que la cultura occidental lleva predicando sobre el inevitable fin del mundo por alrededor de 2000 años, el mero hecho de que ahora nos enteramos  de estos eventos a nivel global con más frecuencia lo hace todo más palpable, y vivimos con un terror latente de que finalmente hemos llegado a los últimos días de la civilización moderna. 

Zombie planking... quizás es el fin del mundo después de todo
Nos vemos obligados a contemplar, aunque para muchos sólo brevemente, cuán sólidas realmente son las estructuras sociales, tecnológicas, y económicas en las que dependemos hoy día, y cuán preparados estaríamos para enfrentarnos, como individuos y también como sociedad, a algún evento cataclísmico. La civilización moderna provee una ilusión de orden y de control, pero la realidad es que es probable que sea mucho menos estable de lo que aparenta. Podría caer por cualquier número de razones, por coincidencia o negligencia o alguna combinación que causara que las condiciones fueran las necesarias para ello. La metáfora del zombie-apocalipsis, y la obsesión que tenemos con ella, alimenta (y tal vez surge de) éstas preocupaciones.

La más reciente adición a las producciones que tratan del tema es World War Z, protagonizada y co-producida por Brad Pitt, y dirigida por Marc Forster.  La trama sigue la historia de Gerry Lane (Pitt), un ex-investigador de las Naciones Unidas, quien es reclutado nuevamente por la organización para buscar una solución a la pandemia global que ha surgido. Aunque inicialmente se niega porque prefiere quedarse con su familia, acepta la misión cuando le indican que de no aceptar, serán devueltos a Philadelphia, ciudad de la cual a penas habían logrado escapar, donde estarían a la merced de las hordas de cadáveres reanimados con su insaciable apetito por carne humana que ahora ocuparían todos los recovecos de la ciudad. A diferencia de la mayoría de las películas de éste género (con excepciones notables como las comedias Shaun of the Dead y Juan de los muertos), World War Z no es una película de horror, sino un action-thriller con algunos momentos de suspenso. En éste sentido, aunque aporta poco en términos de ingeniosidad al género, me pareció divertida. Tal vez vale mencionar que no he leído la novela del mismo título de Max Brooks (hijo de Mel Brooks, y autor también del Zombie Survival Guide, libro que sí leí con mucho entusiasmo hace varios años) en la cual la película está basada, y por lo tanto no hubo espacio para sentirme defraudado, como he leído en internet que se sintieron muchos de los fanáticos del libro. Pero eso es de esperarse de cualquier adaptación fílmica, y en realidad no me interesa elaborar en ese tema.

La misma cara del Papá
Me pareció interesante que la película no se enfocara en un pequeño grupo de sobrevivientes atrapado en una lucha de poder contra un grupo poderoso liderado por un psicópata más interesado en su propio ego y en satisfacer sus deseos de mantener el poder que en la supervivencia del grupo. Ésta interpretación de la naturaleza humana en momentos de crisis ocurre repetidamente en el cine y la literatura, como por ejemplo en 28 Days Later y la versión de novela gráfica de The Walking Dead, y de igual forma en novelas de otros géneros como Lord of the Flies de William Golding y Ensayo sobre la ceguera de José Saramago (y su versión fílmica Blindness).  Ésta interpretación cínica dice que en el fondo somos egoístas y que en tiempos de crisis recurrimos a las actividades más ávaras y criminales. Sin embargo, existen muchos ejemplos de la vida real que indican que, aunque sí podría ocurrir, es mucho más común una reacción contraria— que se forje un sentido de unidad y apoyo mutuo entre las personas afectadas. Sólo tenemos que ver las acciones y organizaciones que han surgido tras el paso de desastres naturales como ocurrió con Occupy Sandy y el Common Ground Health Clinic en los Estados Unidos para ver ejemplos del espíritu de solidaridad que puede provocar este tipo de fenómeno. 

A pesar del giro optimista que la película trabaja, me sigue pareciendo problemático el culto al heroísmo tan común en las películas de Hollywood. Especialmente seductora es la imagen de un líder renuente y, a pesar de ello, carismático, que trabaja en secreto para ayudar a la humanidad. Queremos confiar en los expertos, en los que tienen más experiencia que nosotros, en los que velan por nuestra seguridad y nuestro bienestar y nos protegen de los peligros desconocidos. Ésta filosofía es problemática y peligrosa por varias razones. Existen muchos ejemplos documentados de cómo el trabajo que hacen las autoridades a nuestras espaldas rara vez es para el beneficio de la población a la que supuestamente están obligadas a proteger, y más para mantener su propio poder. Además, en momentos de emergencia, los supuestos expertos suelen obstruir, en vez de ayudar, en las operaciones de rescate y reconstrucción. New Orleans y Haití  son ejemplos claros de esto.

Esto sólo lo supera el viernes del madrugador

Tal vez soy demasiado exigente o utópico, pero quisiera ver una película en la cual la solución al problema el colapso de la sociedad por causa de los zombies surge del apoyo mutuo, donde los sobrevivientes forman lazos de solidaridad al descubrir que los grupos tienen mayor probabilidad de sobrevivir que los individuos, que la riqueza colectiva es mayor que cualquier posible acumulación de riqueza individual, y en cual la horda de zombies, más allá de ser presagio del fin del mundo, es el catalizador para una nueva civilización, final y verdaderamente, libre.

O quizás esto sea algo que tengamos que filmar nosotros.

miércoles, 17 de abril de 2013

Los terribles errores del pasado en el que vivimos

¿Qué harías si fuera posible viajar en el tiempo? ¿Si pudieras regresar al pasado, lo harías? ¿Qué efectos podrían tener tus acciones pasadas en el presente? Existen muchos problemas filosóficos relacionados al concepto de viajar por el tiempo. Yo no soy filósofo, por lo que no pretendo elaborar en estos problemas. Si querías leer una análisis al respecto vete a Wikipedia. Créeme, te estoy haciendo un favor. Yo sólo masacraría el tema. Lo que sí me gustaría explorar es cómo se ha tratado el tema del viaje por el tiempo en tres películas relativamente recientes. Parece haber una relación inversamente proporcional entre el costo de una película y la calidad del producto final. Sólo hay que hacer una comparación, absolutamente para nada científica, de tres películas que han salido en la última década que tocan el tema de viajar al pasado y joderlo todo en el proceso. En orden inversamente cronológico, y curiosamente, de mayor a menor costo de producción: Looper (2012), de Rian Johnson; Los Cronocrímenes/Timecrimes (2007), de Nacho Vigalondo; y Primer (2004), de Shane Carruth.

La premisa básica de Looper es la siguiente: En el año 2074, el crímen organizado utiliza un método de desaparición de personas indeseables que involucra enviarlas 30 años al pasado, donde un asesino contratado espera para matarlas. Joe (Joseph Gordon-Levitt) y Seth (Paul Dano) son dos de éstos asesinos cuyos contratos permiten que vivan como realeza, hasta el momento en que la mafia decida que es necesario “cerrar el loop”, enviándolos 30 años al pasado para ser asesinados, posiblemente por ellos mismos.

Cuando se trata de historias en las cuales es posible viajar en el tiempo, es imposible evitar las paradojas. Sin embargo, un buen guionista y/o director debe saber jugar con los problemas causados por esto para evitar que la paradoja intervenga con el disfrute de la película. La audiencia ya tuvo que suspender la incredulidad para poder aceptar la premisa básica del viaje por el tiempo, por lo que es importante no abusar de ello. Aunque entretenida, Looper subestima la inteligencia de su audiencia al optar por obviar una paradoja fundamental y permitir que acciones en el pasado ocurriesen que imposibilitarían que los personajes viajaran al pasado en primer lugar. Aunque éste sacrificio permitió que demostraran impresionantes efectos visuales, en especial en una escena donde Seth viejo (Frank Brennan) empieza a perder partes de su cuerpo delante de la cámara porque la mafia está torturando a Seth joven como castigo por permitir que Seth viejo escapara cuando era su turno de “cerrar el loop”, también demostraron una falta de creatividad al no encontrar una mejor forma de respetar los problemas de la paradoja. De cierta forma, Looper podría ser considerada no tanto una película de ciencia ficción, sino un action thriller en un contexto futurístico. Parece que con $26,000,000, sólo les dio el budget para pagarle al estudio de CGI, y no sobró suficiente para pagarle al guionista.

En Los Cronocrímenes, con un budget más humilde de $2,600,000, Vigalongo no pierde su tiempo con CGI, y es más fiel al género al entrar de forma más profunda en los problemas causados por el concepto del viaje por el tiempo como tal. Cuando el viaje accidental de Héctor (Karra Elejalde) al pasado causa una serie de eventos serios e irreparables, éste decide volver a viajar al pasado para tratar de corregirlo, sólo para empeorar el asunto. El problema principal que Los Cronocrímenes no logra resolver es que en muchas ocasiones, las acciones de Héctor, ya presenciadas desde lejos por un Héctor previo sin saber que fue él mismo quien las realizó, parecen ser premeditadas, aunque sólo pudieron ser influenciados por la memoria ambigua de haberlo visto antes desde la perspectiva de una tercera persona. Todo parece caer en su lugar de una forma demasiado conveniente para ser creíble.

Esto contrasta enormemente con Primer, el espectacular debut fílmico de Shane Carruth. En Primer, los ingenieros Aaron (Carruth), y Abe (David Sullivan), casi por accidente, construyen una máquina que les permite viajar al pasado. Muy conscientes del peligro involucrado, hacen todo lo posible por no interactuar con nadie en el pasado, para así evitar ruptura con la línea de tiempo original. Al darse cuenta que, por más que trataran, su presencia en el pasado provocó cambios, regresan al pasado para intentar revertir el daño causado. Sin embargo, la tentación demuestra ser más poderosa que el temor, y empiezan a utilizar su conocimiento del futuro, como, por ejemplo, el precio de las acciones en el mercado de valores, para obtener ganancias materiales en el futuro. Una vez curados del miedo de los efectos perjudiciales de actuar en el pasado para manipular el futuro, empiezan a desconfiarse entre sí al darse cuenta que cada cual ha estado viajando al pasado a espaldas del otro, causando cambios que le permiten obtener poder y ventaja material sobre el otro. Con un budget de sólo $7,000, Carruth, quien tiene un bachillerato en matemáticas, tampoco pierde su tiempo con CGI, sino que aprovecha cada dólar al máximo al utilizar su conocimiento y experiencia de haber trabajado como ingeniero de software para crear un mundo creíble en el cual se problematiza el efecto que tendría viajar al pasado, creando una multiplicidad de líneas temporales y absorbiendo a la audiencia en la misma confusión y sentido de caos que provocaría estar en tal situación.

Muchos estudios de producción de cine operan bajo la premisa que un mundo de ciencia ficción creíble requiere de grandes efectos visuales para construir un mundo lejano pero familiar, lo cual resulta ser sumamente costoso producir. Con menos dinero, es imposible distraerse con los efectos, y se puede enfocar el trabajo en desarrollar las ideas a través del guión. Al igual que hizo Aronofsky con Pi (1998), Carruth demuestra con Primer, una vez más, que no es necesario mucho dinero para hacer un buen filme de ciencia ficción, incluso, al contrario, tener mucho dinero puede resultar perjudicial para el producto final.