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miércoles, 21 de mayo de 2014

Gordon Willis





No se si pueda en estas palabras de homenaje hablar desde un punto de vista técnico. Ante todo creo que los grandes artistas, los grandes maestros se quedan y trascienden por su capacidad de emocionar, provocar y de manera indómita estimularnos. Eso precisamente llega a mi mente al escribir estas líneas que intentan honrar al maestro de la cinematografía, el "príncipe de la tinieblas “como le llamaban: Gordon Willis, el gran maestro de la luz y de la sombra que abandonó el plano terrenal este pasado 18 de mayo.

El hecho de que su filmografía fuera una relativamente corta para un director de fotografía- 34 títulos en 3 décadas de trabajo- y por otro lado sea considerada tan influyente dan fe de la trascendencia de su arte, de lo cabal de su concepción fotográfica y como la ponía en practica. Si lo pensamos bien el ser el director de fotografía de quizás la trilogía mas conocida y celebrada de la historia del cine- The Godfather- y estar detrás de quizás la mas icónica y representativa imagen de las casi 50 películas de su compueblano niuyorquino Woody Allen- Woody y Diane Keaton viendo despertar a la ciudad desde el puente de la calle 59 en Manhattan- son ya razones para que Gordon Willis entrara sin reparos a la inmortalidad cinéfila.

Su carrera en el cine empieza relativamente tarde. Después de servir en la segunda guerra mundial y empezar allí a relacionarse con el arte de la fotografía, logro convertirse en asistente de cámara y eventualmente empezó a trabajar como director de fotografía en documentales publicitarios. De esa experiencia Willis famosamente diría: "aprendí a quitar en vez de añadir, no mucha gente entiende eso" filosofía de trabajo que le ayudaría a desarrollar una estética minimalista y precisa en donde mas allá de artificios, siempre buscó la manera mas simple, adecuada y pura de decantar y transmitir una imagen.

Su periplo en el cine de corte narrativo comienza con el filme de 1970 End of the Road de Aram Avakian. Acto seguido imparte su muy particular visión y manera de retratar la ciudad de Nueva York en dos joyitas del cine estadounidense de comienzos de los 70: The Landlord (1970) de Hal Ashby y Klute (1971) de Alan J. Pakula, en la primera a través de su lente, Ashby fue capaz de contarnos a un Nueva York muy común, con una inmediatez casi documental y un contraste profundo entre la realidad de la clase trabajadora y la mas acomodada. Es en el filme de Pakula donde quizás  empieza a ser reconocido por su rico y vasto uso de la sombra y los contrastes oscuros, presentando a una ciudad hostil, oscura, peligrosa. El filme de Pakula fue fundamental para el comienzo de la "deglamorizacion" del muy idealizado rol de la prostituta en el cine de Hollywood y el trabajo de Willis fue una parte esencial de ese resultado. Tanto así que Pakula volvería a trabajar con Willis en el resto de su excelente trilogía de "paranoia urbana" completada con The Parallax View en 1974 y All The President's Men   en 1976, ambas obras maestras en donde Pakula y Willis lograron capturar la tensión de tiempos turbulentos. El tándem Pakula-Willis se extendería por tres películas mas: Comes a Horseman en 1978, Pressumed Innocent en 1990, y la ultima película de ambos: The Devil's Own en 1997


En 1972 Willis fue solicitado, algo sorpresivamente para rodar The Godfather, digo sorpresivamente ya que Willis arrastraba consigo la reputación de ser una persona "difícil" al igual que el director del filme Francis Ford Coppola. The Godfather era para aquel tiempo un proyecto arriesgado que fue puesto en las manos de Coppola con las esperanzas de que este entregara al estudio de Paramount una pequeña y efectiva película de gansters que dejara algo de ganancias al estudio, sin embargo en sus manos el filme fue mutándose hasta adquirir las dimensiones épicas por lo cual lo conocemos hoy en día y se ha convertido en clásico, En términos cinematográficos The Godfather  hizo escuela y sentó pautas en Hollywood. Nunca antes una película de estudio de tal magnitud- y en colores- había sido fotografiada de manera tan oscura, con su concepción fotográfica añadiendo matices dramáticos a la saga de los Corleones. Fue idea de Willis la de fotografiar a Marlon Brando en su gran mayoría en planos cenitales lo que permitía entonces jugar con su maquillaje en un efecto que lo hacía envejecer. La oscura sobriedad niuyorquina del entorno de los Corleone era contrastada entonces con la luminosidad de Sicilia, de donde provenían y a donde se va el joven Michael con la esperanza de alejarse del "negocio familiar" a donde como todos sabemos será arrastrado violentamente de nuevo.



Durante las 3 horas de metraje la fotografía de Willis de la mano de la puesta en escena de Coppola nos mantiene absortos de tal manera que no importa cuantas veces la hayamos visto siempre recordamos escenas especificas en donde el contrapunteo de luz y sombra de Gordon Willis deslumbra: el productor hollywoodense que despierta abrazado a la cabeza de su caballo de carrera favorito ; Michael Corleone colgando las sabanas sangrientas después de desvirgar a su esposa siciliana ; el ajuste de cuentas en plena calle del volátil Sonny Corleone con el esposo de su hermana Connie; el posterior y sangriento asesinato de Sonny; la súbita muerte de Don Corleone. Claro está, Gordon Willis acompañaría a Coppola durante toda las sagas filmando The Godfather 2 en 1974 y en 1990, The Godfather 3 que le valdría una nominación al oscar por los ribetes operáticos de su fotografía, incluyendo su memorable secuencia climática en el Teatro de la Opera en Palermo.


Mas allá de su colaboración con Coppola en las Godfather quizás la mas trascendental de las colaboraciones de Gordon Willis fue con Woody Allen. En el documental Woody Allen: A Documentary, Diane Keaton  y otros recuerdan el asombro y la incredulidad con que fue percibida la idea de que Gordon Willis fuera el director de fotografía de la nueva comedia de Woody Allen. El dramático y sombrío Gordon Willis parecía la mas bizarra elección para filmar una película del "payaso" Allen. Sin embargo Annie Hall (1977) marcaria un hito en la carrera de ambos. Tanto así que el realizador niuyorquino  siempre ha responsabilizado a Gordon Willis del desarrollo de su educación visual y dominio pleno del medio y efectivamente la madurez de Allen como guionista y narrador llega a la par con la madurez visual que la colaboración con Gordon Willis le permitió dar a su cine. En Annie Hall fue donde primero aparecieron muchos de los sellos visuales del cine de Allen sobre todo las tomas largas y secuencias prolongadas en donde los personajes entran y salen de cuadro, una concepción visual de Willis que se me antoja muy humanista y de búsqueda de verdad. Si al personaje se le puede escuchar, ¿ porque tenemos que necesariamente verlo? Por otro lado la grisácea naturalidad de las escenas en Nueva York que contrastan con las escenas sobreexpuestas de una Los Angeles luminosa y tóxica al extremo. Y Annie Hall sería solo el comienzo.


Interiors (1978) con su mutada, sobria y seca concepción del color que la acercaban a las naturalezas muertas y a una realidad fotográfica desolada e impaciente sirvió de puente exquisito para una etapa en la que el cine de Woody Allen estuvo dominado prácticamente por el uso de blanco y negro, algo que su colaboración con Gordon Willis le permitía desarrollar plenamente. Si Annie Hall fue un hito en sus carreras, entonces Manhattan (1979) fue alcanzar una cima. Tanto Willis como Allen siempre se han referido a Nueva York como una "ciudad en blanco y negro" y entonces decidieron darle a una historia de corte intimista, toda la grandilocuencia y majestuosidad de la pantalla ancha y el blanco y negro. Desde la sentida e inolvidable secuencia inicial en donde damos un paseo por la ciudad amada por el protagonista Isaac Davis (Allen) que fluye orgánica y visceralmente matizada por las notas de Gershwin, a la ya mencionada escena icónica de Allen y Diane Keaton frente al puente, al sutil y melancólico intercambio final entre Isaac y Tracy (Mariel Hemingway) su muy joven enamorada. Manhattan es quizás el poema visual mas hermoso y definitivo que se ha hecho sobre dicho pedazo de la ciudad de Nueva York. Que 35 años después se siga recordando con rabia que la película no fue ni siquiera nominada al oscar por mejor fotografía, bueno, da rienda suelta a esa interminable garata que tenemos los cinéfilos contra la academia de Hollywood y parece no acabarse.

De la evocación a Bergman y su cinematógrafo Sven Nykvist en Interiors, Allen y Willis en 1980 pasan a la evocación de otro inolvidable tándem cinematográfico el de Federico Felllini y su director de fotografía Gianni De Venanzo en la muy Fellinesca Stardust Memories una película que cuesta mucho creer que fue fotografiada por un estadounidense. A Midsummer Night's Sex Comedy (1982) representó un receso en el trabajo del dúo con el blanco y negro y aunque es por mucho la peor película de dicho periodo en que trabajaron juntos no hay que negar la cualidad encantadora y luminosa de un Gordon Willis que retrata al campo de la manera mas idílica y juguetona posible.


Zelig representó otro gran logro del tándem Allen-Willis por el cual si fue nominado el gran cinematógrafo para el oscar. Un falso documental acerca de un hombre que fue un fenómeno para finales de los anhos 20: Leonard Zelig, el "hombre camaleón" fue un verdadero reto para Gordon Willis al tener que copiar la iluminación que se utilizaba en los años 20 para filmar, localizar equipos antiguos y personal de laboratorio e iluminación que hubieran trabajado en fotografía para aquel entonces. La imagen de Allen como Zelig fue insertada a autentico pietaje de los anhos 20 en donde compartia con figuras como Babe Ruth, Chaplin y hasta Hitler. Un proceso revolucionario para comienzos de los años 80 que abriría camino para todas las innovaciones que le siguieran desde Forrest Gump al CGI. El proceso de producción fue uno arduo de casi 3 años-larguísimo en términos de Woody Allen quien ni siquiera ahí interrumpió su ritual de una película anual- y Willis llegó a comentar que "pensé en un momento dado que nunca la lograríamos terminar"

La colaboración prosiguió en 1984 con Broadway Danny Rose, también en blanco y negro y una de mis películas favoritas de Allen, que aun hoy inexplicablemente se mantiene perennemente desconocida. Con la obra maestra The Purple Rose of Cairo en 1985 donde Willis de manera sobria, luminosa y sentida evocó el periodo de la gran depresión de los 30 contrastado con la nostalgia por las "comedias de champagne" de dicha época terminó la colaboración Allen- Willis. El cineasta niuyorquino no por nada, después de lo que llamó su  "etapa de crecimiento" junto a Willis- de quién llegó a confesar que incluso le delegaba ciertos aspectos y decisiones importantes en las filmaciones, algo que va notoriamente en contra de su reputación como un cineasta con control absoluto- pasó a trabajar con dos maestros cinematógrafos que admiraba: Carlo Di Palma, director de fotografía de Michelangelo Antonioni y el ya mencionado Sven Nykvist.
Gordon Willis continuó trabajando activamente hasta el 1997 donde decide retirarse por problemas de la vista e "impaciencia" como llegó a comentar el propio meticuloso artista. En la pasada década dictó varias conferencias y clases magistrales acerca del arte de la dirección de fotografía. La academia de Hollywood, en  uno de sus acostumbrados actos de mea culpa le otorgó un oscar honorario por sus contribuciones al arte de la fotografía en cine en los oscares del 2009. Hoy le damos gracias por sus imágenes, hoy nos recordamos mas que nunca de ese amanecer niuyorquino en blanco y negro frente al puente de la Calle 59.








miércoles, 28 de agosto de 2013

Woody y sus Jazmines




En Blue Jasmine la opus núm. 43 de Woody Allen, el genio de Manhattan vuelve no solo a enfocar su atención en un fuerte personaje principal femenino- una ricachona de la Quinta Avenida que lo pierde todo y hunde a todos los que están a su alrededor-, sino que después de más de una década de escribir prácticamente arquetipos y regodearse en clichés y personajes unidimensionales, nos vuelve a entregar unos personajes que se sienten vivos, cálidos, contradictorios, confundidos y vibrantes. Si por un lado hay que quitarse el sombrero ante su inagotable productividad-43 filmes desde 1969- por otro su discutible calidad en la pasada década nos había hecho preguntarnos al unísono si debía parar su ritmo o repensarlo, ya que títulos como Anything Else, Hollywood Ending, Scoop, Whatever Works o Cassandra’s Dream no debían quizás compartir filmografía con algunas de sus mejores películas. Por otro lado Allen tuvo tan bienacostumbrada a su audiencia a una consistencia antológica- de los 70 a los 90 prácticamente no hay casi películas en su filmografía sin algún tipo de merito- que en algún momento la buena racha debía acabar o al menos interrumpirse momentáneamente. Pero las audiencias somos exigentes con aquellos a los que escogemos celebrar- una frase que el mismo puso en boca de uno de los personajes principales de Celebrity-. Las 3 buenas películas que Allen hizo desde el 2000 hasta la maravilla que es Blue Jasmine , Match Point, Vicky Cristina Barcelona y Midnight in Paris fueron todas muy celebradas en su momento y casi sacadas de contexto por la alegría de ver una buena película-o poco más que mediocre- de Allen. Pero ahora es distinto, Blue Jasmine tiene todas las cualidades del mejor cine del niuyorquino, no más preocupado por filmar postales de países europeos  o guiones poco pulidos. La película es una reafirmación de cuan genial es su cine cuando está a la altura de su genio y filma con propósito y no solo por rutina. Y a la vez reafirma su valía como cineasta. ¿De qué cineasta podríamos hablar que con medio siglo de carrera a sus espaldas podía entregarnos otra joya? Chabrol, Godard, Bergman, Buñuel, vienen a la mente, pero son pocos.

Jasmine Francis (Cate Blanchett) dejo atrás una posible carrera como antropóloga para entregarse a Hal (Alec Baldwin) hombre de negocios sumamente rico que la conquistara al son de “Blue Moon” la famosa canción de Rodgers and Hartz y hará todos sus sueños realidad. En un momento dado de su vida-una vida que vemos fragmentada en flashbacks-dio “las mejores fiestas en la ciudad de Nueva York” pero al comenzar el filme la vemos de camino a San Francisco, para refugiarse en casa de su hermana Ginger (Sally Hawkins) que al contrario a Jasmine parece conformarse con poco y vive de una forma demasiado “humilde” para la condescendiente Jasmine- ambas son hermanas adoptadas, concepto con el que Allen juega magistralmente-. Este reajuste implica también enfrentarse al entorno de Ginger, su ex esposo constructor  Augie (Andrew Dice Clay) y su reciente compañero, el mecánico Chilli (Bobby Canavale), ambos según Jasmine auténticos perdedores. Jasmine llega totalmente abatida a trastocar violentamente el tranquilo mundo de Ginger. Ha tenido que salir huyendo de Nueva York, Hal fue arrestado por el FBI y acusado de múltiples cargos de malversación de fondos y fraude- la conexión del argumento con el caso de Bernie Madoff, banquero de Wall Street sentenciado en 2008 por múltiples casos de fraude  no se ha hecho esperar-. Por medio se llevo toda la fortuna de Ginger y Augie- que entregaron a Hal 200 mil dólares que habían ganado en la lotería, para que Hal los “invirtiera “ con el plan de hacerlos ricos- destroza la moral de su único hijo Danny (Alden Ehrenreich) y causa la ruina de Jasmine, aunque no tardamos mucho en empezarnos a dar cuenta que antes que nadie la arquitecta de la ruina de Jasmine ha sido ella misma.


Presa de sus propios recuerdos y delirios, Jasmine habla sola con frecuencia y parece no tener por momentos claro que es pasado y que es presente. Ahora en su nueva realidad tiene que “someterse” a si misma a trabajar para vivir, interactuando con el tipo de mujer que ella era antes. Algo para lo que no la prepararon años de clases de Yoga, Pilates y cenas sociales. Dice querer volver a estudiar para ser “alguien" en la vida pero ni para eso parece tener aptitud. Incapaz quizá de sentir amor o compasión por cualquiera que no sea ella misma, no se da cuenta a quienes hiere, sin noción verdadera de la vida más allá de su burbuja, es capaz de estando en la ruina volar a San Francisco en primera clase arrastrando dos maletas de “Louis Vutton” que pudo salvar de todo lo que le “incauto el Tío Sam” Al ser confrontada por causarle la ruina financiera a Ginger simplemente repite el condescendiente axioma de que “gran fortuna implica responsabilidad” y que tener dinero y no ayudar a quienes lo necesitan es una conducta moralmente intachable. Dada su ruina personal y su desconexión profunda con su entorno, dichos “principios de vida” está claro que no pudieron salvarla. Dice mucho del trabajo extraordinario de Cate Blanchett en el filme que a pesar de que Jasmine esencialmente sea un personaje tan desagradable, logremos sentir en más de una ocasión tristeza y compasión por ella.

Allen nos ha legado una galería de mujeres neuróticas y desesperadas, pero ninguna hasta ahora como Jasmine totalmente al borde del abismo. El personaje femenino del cine de Allen qué más puedo comparar con Jasmine, es Eve, la matriarca obsesiva y descolocada interpretada por la incomparable Geraldine Page en Interiors que sin embargo era mucho más pragmática dentro de su locura que Jasmine. También Jasmine tiene rasgos de Alice, heroína homónima del filme protagonizado por Mia Farrow, como una esposa rica en búsqueda de significado para su vida- aunque  esa conexión es sobre todo por el hecho de que Allen nuevamente centra su ojo en las mujeres de la alta sociedad niuyorquina- y claro el desesperante nerviosismo de Jasmine nos remite directamente a la Sally de Judy Davis en Husbands and Wives. Jasmine también recuerda a las mujeres interpretadas por Gena Rowlands-que interpreto otro gran personaje protagónico femenino para Allen en Another Woman- en los filmes de su esposo John Cassavetes, A Woman Under the Influence y Opening Night.



Y claro, quizás la antecedente más directa de Jasmine sea Blanche Dubois la clásica heroína del muy admirado por Allen, Tenesse Williams de A Streetcar Named Desire, heroína que paródicamente fuera interpretada por el propio Allen en una hilarante escena de Sleeper hace 40 años atrás. 4 décadas más tarde vuelve a ella, con resultados nada paródicos. También de dicha obra parecen ser replanteados Stella en Ginger y Stanley Kowalski en Chili- sin la tensión sexual que existía originalmente entre Stanley y Blanche, Blanchett cuenta en entrevistas que ella y Cannavale tantearon con la idea, pero Allen no le interesaba la tensión sexual entre esos personajes, y tenía razón- Allen, conocido por sus homenajes constantes a sus ídolos Bergman- Interiors- Fellini-Stardust Memories- Los Hermanos Marx, Bob Hope, Checkov y Dostoievsky entre otros logra en este filme quizás la reinterpretación más acertada que ha logrado hacer de alguno de sus adorados clásicos. Con la añadidura de que hace mucho tiempo ya que el discípulo pasó a ser maestro.

Se ha comparado mucho a este filme con Crimes and Misdemeanors, comparación que no comparto porque a pesar de que ambos comparten una temática sombría y un personaje que roba y engaña a los demás para sus propios fines, aquel filme tenía en los personajes de Woody y Alan Alda un balance cómico que hacía que su carga no fuera en suma tan pesada- aunque su conclusión sin duda lo es y los dramas de Allen son siempre pesados, salvo You Will Meet a Tall Dark Stranger que hace mucho echamos al olvido-  la película de Allen a la que me parece  se puede comparar directamente es Husbands and Wives porque a pesar de que no comparte el estilo verite/directo de aquella-Jasmine es una película sumamente cuidada y fluida en su forma-como alguien que ha visto los 43 filmes de Allen todos más de una vez-hasta Cassandra’s Dream y para eso se necesitan agallas, ahora que lo pienso Whatever Works  la vi solo una vez, y con eso basta- puedo decir que ha sido solamente con Husbands and Wives y Jasmine  que he sentido luego de ver un filme suyo, la reacción de que me pasaran un bloque de cemento por encima. En Jasmine como en Husbands and Wives la risa es desesperante y nerviosa como para sustituir cualquier otra reacción igual de visceral- la segunda vez que la vi a una mujer le entro un ataque de risa en prácticamente la escena más fuerte del filme- y todo el humor nace de lo patético, violento y contradictorio de la condición humana, los personajes de ambos filmes son cálidos e inmediatos, gente con la que es a veces demasiado fácil identificarse, y en ambos hay escenas en donde inevitablemente queremos dejar de mirar, por la violencia innata que los seres humanas somos capaces de infligirnos a nosotros mismos. También puedo trazar una línea directa con Deconstructing Harry y Celebrity dos trabajos más oscuros del cineasta durante los 90 que también miraban con cinismo y brutalidad la condición humana. Match Point  también se podría calificar entre ese grupo, pero creo que es un filme demasiado desasociado y “británico” sin la calidez de los filmes antes mencionados. Si eres de los recientes adeptos al cine de Allen gracias a Midnight in Paris, créanme de lo liviano y juguetón de aquel filme aquí no hay prácticamente nada.


En el pasado se ha criticado a Allen por condescendencia en cuanto a su retrato de la clase alta niuyorquina y prácticamente la inexistencia del conflicto de clase en sus filmes. En Blue Jasmine es interesante verlo tantear con el concepto de clase social- es como el viraje de Match Point en donde el personaje principal se hizo rico a pesar de los demás, aquí vemos como esta refinada mujer pierde toda una fortuna- y aunque es obvio que se siente más cómodo retratando gente de su propia clase social, hay una sinceridad en la inocente violencia, inconformidad y ternura  en sus retratos de la clase obrera en Blue Jasmine que prácticamente no había percibido en ningún de sus filmes anteriores y definitivamente hay que agradecerle, sobre todo por mantenerlos siempre fuera del plano de la caricatura- como hay que agradecerle el hecho de que por fin vemos a un rico en el cine reciente enfurecido por haberlo perdido todo, rodeado de personajes de clase media aparentemente felices, ya que las películas sobre el vacio “moral” y la ausencia de felicidad de la gente adinerada ya me tienen soberanamente harto- También algo que la distingue de algunas de sus más recientes películas fallidas es que aquí claramente se siente más cómodo con los personajes que ha escrito en términos cronológicos- casi todos mediando de los treinta y largos a los cuarenta y pico-, después de muchos intentos de acercarse a personajes jóvenes veinteañeros, cosa que nunca logró.


El balance exquisito del guión en donde no hay escena que falte ni sobre y todas están meticulosamente construidas y resueltas, junto con la muy pensada y elegantemente ejecutada puesta en escena se combina con el mejor elenco de una película de Allen en años. No quiero añadir más a lo que se ha dicho de la majestuosa interpretación de Cate Blanchett en el filme- la mejor hasta ahora de una gran actriz que lo ha hecho de todo, hasta de Katharine Hepburn y de Bob Dylan, y lo ha hecho bien- más bien mencionar la también maravillosa actuación de Sally Hawkins sin la que me parece el filme no estuviera tan redondeado, como la contraparte de Jasmine, Ginger es la hermana racional, si se quiere conforme, que podría aspirar a más, pero no tiene porque hacerlo o no tiene las herramientas para hacerlo, sin nada de eso importarle demasiado. Sin ese retrato tan terrenal y sincero de la Ginger de Hawkins, la película se vería arrastrada por el personaje de Jasmine, sin dejar respirar a los otros personajes. Andrew Dice Clay, el controvertible “stand-up comedian” ofrece una breve interpretación intensa y conmovedora, revelando matices que muchos de los más granados actores dramáticos quisieran conseguir. Bobby Cannavale se nos revela otra vez como una fuerza de la naturaleza, dándonos un Chili que es a la misma vez patético, hostil, racional y sentimental. Louis CK tiene una breve pero muy tierna y divertida- y por eso agradecida entre toda la intensidad que le rodea-  aparición como un pretendiente de Ginger. Michael Sthulbarg, la estrella de A Serious Man de los Coen aporta su peculiar presencia como un dentista perverso para el que Jasmine intenta trabajar. Alec Baldwin como Hal, el corrupto marido de Jasmine y Peter Saarsgard como un posible aspirante al amor de Jasmine redondean muy bien el elenco.


Experiencia intensa, hilarantemente desesperante y sobrecogedora Blue Jasmine entra en el panteón de las obras maestras WoodyAllenescas- en compañía de Husbands and Wives, Crimes and Misdemeanors, The Purple Rose of Cairo y Manhattan-. No acostumbrado a descansar en sus laureles- o en sus jazmines-, ya filmo durante el verano otra película que protagonizaran Emma Stone, Colin Firth, Marcia Gay Harden, Jacki Weaver, Eileen Atkins y Hamish Linklater. Aparentemente el genio no descansa. Pero me huele que después de Blue Jasmine ya no vendrán más obras maestras.  Ya no le hacen falta, con ese ultimo primer plano de Jasmine, basta.


miércoles, 13 de julio de 2011

El Tiempo Pasado, Reflexiones sobre Midnight in Paris


“La nostalgia es negación” dice Paul (Michael Sheen), el personaje más pedante de la nueva película de Woody Allen, Midnight in Paris. Pero como es común en las películas del genio de Manhattan, el personaje más pomposo y desagradable casi siempre es el que sale airoso o posee la suficiente lógica mundana para sobrevivir –¿recuerdan a Alan Alda en Crimes and Misdemeanors, por ejemplo?–. En el caso de esta nueva entrega es dicho personaje el que parece llevar la “moraleja” de la historia, que puede pasar como un comentario desapercibido o irónico en primera instancia, pero es en realidad la tesis del filme. Por más que pensemos que todo tiempo pasado fue mejor –como lo piensa el protagonista Gil Pender (Owen Wilson)– el mismo concepto de “nostalgia” no será lo mismo para unos que para otros, mientras que para Gil el París bohemio de los años 20 es la época perfecta, para Adriana (Marion Cotillard) su tiempo ideal hubiese sido la “Belle Epoque” parisina de finales del siglo 19. Para los de esa época probablemente el Renacimiento era la edad dorada, e incluso como comenta el propio Gil: “para algunos debe de haber sido el tiempo de Kublah Kahn”.

Empiezo esta reseña de esta manera porque es muy difícil discutir el verdadero encanto y alcance de Midnight in Paris sin discutir su trama y los vericuetos por los que lleva al espectador, que son los más encantadores y mágicos que nos ha llevado Allen en un filme suyo desde The Purple Rose of Cairo. Para empezar, diré de entrada que en opinión del que esto escribe ésta es la mejor película de Allen desdeDeconstructing Harry. Nada de lo que hizo en la década pasada –en la que francamente salvo por Match Point y Vicky Cristina Barcelona no hay nada salvable– nos hubiese preparado para este festín en todos los sentidos. Si ésta es la última gran película que hará en su carrera –a su carrera le quedan inevitablemente menos años que más– al menos será suficiente para borrar más de una década de trabajo que más bien vale la pena olvidar y reafirmarlo como uno de los cineastas más importantes del mundo.

Los primeros minutos del metraje se dedican a presentarnos un recorrido completo de París en todo su esplendor, desde la mañana hasta efectivamente, la medianoche, al son de “Si Vous Ma Mere” del trompetista Sidney Bechet. Tal secuencia es comparable a la secuencia inicial de Manhattan, en cuanto a presentar a la ciudad en todo su esplendor. No queda duda entonces que después de Nueva York, París es la ciudad mas amada y soñada por el cineasta –y de hecho, era quizás asignatura pendiente para Allen, ya que gracias a las audiencias francesas su cine ha podido sobrevivir pese a su modesto desempeño económico–. La fotografía de Darius Khondji, siempre suntuosa, dominada por colores vivos y vibrantes contribuye al hechizo.

Gil Pender (Wilson) es un escritor que decidió escoger la ruta fácil, se volvió un guionista del montón en Hollywood con casa lujosa en Beverly Hills, una prometida muy sexy y adinerada, Inez (Rachel MacAdams), unos suegros militantemente yankis (Kurt Fuller y Mimi Kennedy) –con los que choca constantemente por estar en bandos ideológicos opuestos– y unos auténticos deseos frustrados de ser un escritor serio, una meta que había perseguido años antes en la ciudad que ahora visita como turista.

Pero Gil siente que no es un turista más. La ciudad le habla y lo acoge, mas aún que al mismo pedante francófilo Paul, antiguo pretendiente universitario de Inez, que pretende siempre estar tan por encima de todo lo que le rodea que no parece tener una conexión tan honesta con sus alrededores inmediatos como Gil –si algo se le puede reprochar al filme es que el multidimensional personaje de Paul, tan bien caracterizado por Michael Sheen desaparezca de repente, cuando pudo haberse aprovechado su antagonismo con Gil–. Gil, cansado de la pedantería de Paul y las quejas de Inez se dedica una noche a pasear solo y en una esquina oscura, al dar las campanadas de medianoche, un coche antiguo se detiene y unos amables parisinos lo invitan a subir. De repente Gil se encuentra en una fiesta que parece salida de sus mayores fantasías: reconoce al pianista que canta, pero no puede ser él, Cole Porter (Yves Heck) lleva décadas muerto; una pareja se le presenta entusiasta como Scott y Zelda Fitzgerald (Tom Hiddleston y Alison Pill); Gil no sale de su asombro por la coincidencia. Poco después se encuentra en el célebre club nocturno Bricktop, y la bailarina a la que contempla bailando atónito no es otra que Josephine Baker (Sonia Rolland).

Pronto Gil se encontrará recibiendo lecciones de vida y oficio de Ernest Hemingway (Corey Stoll), le dará su novela a una editora de lujo: Gertrude Stein (Kathy Bates), compartirá historias y copas con Salvador Dalí (Adrien Brody), Man Ray (Tom Cordier), T.S Elliot (David Lowe) y Djuna Barnes (Emmanuelle Uzan), le sugerirá a Luis Buñuel (Adrien DeVan) la idea para su futura obra maestra, El Ángel Exterminador, y se enamorará perdidamente de Adriana (Cotillard), musa de Pablo Picasso (Marcial Di Fonzo Bo), Braque y Modigliani. A través de ella también conocerá –por medio de un carruaje– a Tolouse-Lautrec (Vincent Menjou) y Paul Gaugin (Olivier Raboudin) y visitará al Maxim’s y al Moulin Rouge de la “Belle Epoque”.

Allen no pretende explicar por qué razón o motivo mágico Gil se transporta en el tiempo. Al igual que el personaje que sale de la pantalla en The Purple Rose of Cairo, el viaje en el tiempo de Gil es un suceso que simplemente ocurre y que gradualmente comienza a aceptar –muchos de los mejores momentos del filme ocurren cuando Gil se aprovecha de sus conocimientos del futuro, cosa que nunca parece preocupar a los habitantes del pasado, más bien les divierte–. Incluso descubre en tiempo presente el diario de Adriana en el que ésta confiesa haberse enamorado de un escritor llamado Gil Pender al mismo tiempo que terminaba su aventura amorosa con Picasso. Gil se da cuenta del vacío de su presente, de cuanto le enriquece y le obsesiona el pasado, pero a la misma vez que necesita el hecho de que sea pasado. La añoranza necesaria, porque como él mismo confiesa hacia el final del filme: “el pasado no ha muerto”, aunque en realidad eso lo dijese Faulkner, pero Gil lo puede atestiguar: Faulkner y él hablaron sobre el tema.

Lejos del cansancio creativo de sus guiones recientes, el guión de Midnight in Parises impecable, no rompe esquemas –Allen ya es demasiado viejo como para no seguir indagando en sus temas, obsesiones y arquetipos recurrentes– pero sí funciona como una muestra completa de lo que lo hace un autor tan necesario: la película es tan hilarante como sus mejores trabajos de los ‘70 y ‘80. Alguien me mencionó que hacía tiempo que Allen no hacía una película en la que uno no pudiese parar de reírse y es cierto, hasta ahora, pero con la suficiente dosis intelectual característica de Allen. Es a la vez una de sus películas más “light” y más profundas –y en definitiva uno de sus trabajos más personales– combinación que en su cine no se ve mucho –Woody es o muy pesado o muy light–. Su puesta en escena también es una vuelta a un estilo más tradicional de su trabajo. Han vuelto los planos largos y las secuencias fluidas, algo que había perdido en trabajos recientes.

Algunos han atacado a Allen por las “caricaturas” en las que convierte a personajes históricos tan importantes. Pero lo cierto es que para una película que trabaja principalmente el constructo de la nostalgia y el pasado, es ideal que estos personajes se nos presenten de la manera en que son recordados y preservados en la memoria histórica colectiva. Después de todo Hemingway y Dalí eran personas bastante desagradables en vida real por ejemplo, y nadie quiere enfrentarse al hecho de que nuestros ídolos artísticos podían ser seres humanos terribles. Además, el propósito de Allen no es uno documental, es utilizar estos mismos personajes, como personajes y como personajes a punto de despuntar, ya que en el momento en que se desarrolla el filme ni Dalí era Dalí, ni Fitzgerald era Fitzgerald, ni Hemingway era Hemingway, aunque ya tuviesen alzados sus egos.

Como es usual en su cine –incluso en sus películas más flojas– las actuaciones son de primera, Owen Wilson es el mejor “stand-in” de Allen desde John Cusack, contrario a Kenneth Branagh en Celebrity, Wilson no pretende hacer una imitación al dedillo del director sino invocar a través de manerismos y una inquieta personalidad esa “persona” neurótica y nerviosa que es el personaje cinematográfico de Woody Allen. Wilson es un estupendo actor cómico que hace demasiado cine mediocre, ojalá que aparte de Allen y Wes Anderson otros directores comiencen a aprovechar mejor su talento. Rachel MacAdams tiene un personaje bastante antipático, el cual hace creíble. Ya hablamos del estupendo trabajo de Michael Sheen como Paul y vale la pena mencionar a Lea Seydoux como Gabrielle, la parisina que puede ser la candidata definitiva al amor de Gil. Por el lado del París de los ‘20, Marion Cotillard hace su mejor trabajo en una película estadounidense hasta la fecha con su delicadamente matizada interpretación de la frágilmente compleja Adriana; Kathy Bates cumple como ya nos tiene acostumbrados con su Gertrude Stein y Corey Stoll hace un muy divertido Hemingway. Pero los más destacados del grupo son Alison Pill como Zelda Fitzgerald, que evoca a la perfección la Zelda que hemos conocido históricamente como la sureña excéntrica que atormentaba a Scott Fitzgerald, y un hilarante Adrien Brody, quien apenas con poco más de 2 minutos en pantalla logra hacer un auténtico Dalí, que ya desde ese momento sabía que iba a convertirse en “Dalí”.

Quizás sorprenda de primera instancia que Midnight in Paris esté resultando el mayor éxito de taquilla de Allen desde Hannah and Her Sisters –ya lleva más de 50 millones de dólares recaudados, cuando las películas de Allen a duras penas pasan de recaudar más de 10 ó 15 millones en taquilla–, porque su naturaleza histórica e intelectual la podrían hacer una película bastante “elitista” y sin duda alguna, quienes conozcan la importancia y obra de estos personajes históricos la disfrutarán más. La película contiene suficientes risas y momentos amenos que de seguro atraerán al espectador. Además, el retrato que Allen hace de todos ellos es tan ameno que de seguro habrá muchos espectadores que saldrán corriendo a Wikipedia o a Google a buscar las biografías de estos personajes. Pero creo que el éxito de la película va más allá de sus personajes y volvemos a su tema principal: la nostalgia. Los tiempos que vivimos están tan desprovistos de nostalgia y esperanza, que me parece que los espectadores responden al entusiasmo de Gil Pender, y aunque no sean familiares con el pasado que en su mente ha delineado como el mejor, en definitiva la nostalgia está de moda. Todo tiempo pasado fue mejor.